“La pobreza une transversalmente a los inmigrantes, los romaníes y los italianos. Y en los niños hay un grito, como el de Ismael, que sólo Dios ha escuchado haciendo fluir el agua”.

Una fila de turistas se extiende habitualmente a la espera de entrar en la Basílica de San Pedro. Al mismo tiempo, bajo la columnata derecha, hay un pequeño mundo paralelo, también internacional, entre batas blancas se agrupan quienes viven en la ‘cuerda floja’. Marco es uno de ellos y se acerca espontáneamente a los periodistas de revista Credere, interrumpiendo la entrevista que realizaban a la doctora Lucía Ercoli… “Llevaba mucho tiempo sin los medicamentos para la diabetes y la presión… sin ellos habría muerto“, les dice señalando a esta mujer, responsable de la clínica “Madre de la Misericordia”, que a partir de 2015 el Papa Francisco quiso abrir para los más necesitados que gravitan alrededor de la Ciudad del Vaticano.

Marco es egipcio, tiene más de 60 años y tras perder su trabajo de cocinero se encontró viviendo bajo los puentes del Tíber. “Me salvaron la vida, para mí son una familia”, señala a los de Credere. Cada semana, en los tres días de apertura (martes y jueves por la tarde, sábados por la mañana), de 60 a 80 personas acuden a la clínica. Es la gente invisible, que poco a poco perdió su derecho a la salud, una “ciudad dentro de una ciudad”, como la llama la doctora Ercoli. Antes sólo eran “los pobres del Papa”, agrega, luego se extendieron los rumores y ahora llegan a la clínica también desde los suburbios.

Los pacientes aumentan, cuenta esta mujer a quien Marco llama su “ángel de la guarda”, pero también vienen médicos voluntarios, que van a trabajar junto a la treintena de médicos de guardia, encabezados por Ercoli. El servicio, de hecho, es llevado a cabo por especialistas médicos voluntarios y personal de salud de la Santa Sede, la Universidad de Roma Tor Vergata y la Asociación de Medicina Solidaria.

Nuevas instalaciones porque aumentan los usuarios

Desde principios de 2019, la clínica cuenta con un consultorio más grande. “En vista del aumento del número de usuarios y de la diversificación de las necesidades de salud que han surgido, el cardenal Konrad Krajewski, cardenal del Papa, nos ha dado la disponibilidad de nuevos espacios con tres estaciones de visita, una farmacia interna y una sala de espera, donde la gente puede protegerse del clima”, explica Lucia. “Llega una diversidad de pacientes, lo necesitan todo. En su mayoría por ser bebedores, son alcohólicos, tienen problemas gástricos porque comen mal y, al vivir en la calle, muchos necesitan del oftalmólogo”, añade el Dr. Paolo Silli. Cirujano durante 36 años en Fatebenefratelli, una vez jubilado, se encontró con el limosnero del Papa: “El Padre Konrad me habló de esta clínica y por eso me presenté. Hago algo útil para los necesitados, aprovechando mi experiencia”.

Con el tiempo el servicio ha crecido. Hace un año, “se abrió un consultorio dirigido principalmente a mujeres vulnerables, especialmente mujeres embarazadas. Y con nuestros colegas – senólogo, ginecólogo, ostretra – hemos activado una línea de detección de enfermedades cancerosas a las que estas personas no tienen acceso”, dice Ercoli. “Con las mujeres llegaron los niños, así que tenemos también un servicio de pediatría”.

Madre de “dos mil” hijos

Para Ercoli, directora de salud de la organización sin fines de lucro “Medicina solidaria”, este adjetivo significa “hacerse cargo de los que están aislados del sistema y tratar de volver a insertarlos en él”. Empezando por la parte más frágil de la sociedad, “los niños”. Porque la pobreza, dice Lucía, “une transversalmente a los inmigrantes, los romaníes y los italianos. Y en los niños hay un grito, como el de Ismael, que sólo Dios ha escuchado haciendo fluir el agua”.

Y “La fuente de Ismael” es el nombre de la clínica que, junto con su marido, que también es médico, y con uno de los obispos auxiliares de Roma, Paolo Lojudice, Lucia ha construido en la zona de Cinecittà. La “medicina solidaria” fue la “trampa” que Dios puso en el camino de esta doctora para reanudar una relación que se estaba aflojando: “Durante un tiempo estuve en la Renovación del Espíritu. Cuando pensé que mi experiencia de fe se estaba acabando, nació esto de la medicina solidaria y la única que nos recibió fue una iglesia, Santa María Madre del Redentor, de la que el actual obispo Lojudice era el párroco…”.

Madre de tres niños adoptados y con diferentes experiencias de acogida familiar, Lucía sabe que su corazón está con los más pequeños. “Los niños que vienen a la clínica sienten que son todos míos. Y cuando me preguntan cuántos hijos tengo, pienso… dos mil y listo”.

Publicado originalmente en Portaluz

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