humildad Este domingo nos coloca a las puertas de la Navidad y que mejor con María. Las palabras de admiración con que Isabel se dirige a María, cuando ésta la visita en su casa de las montañas de Judea (¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme?), pueden sintetizar felizmente los sentimientos de la Iglesia en esta espera inmediata de la Navidad.

Nosotros no esperamos, en realidad, a María, sino a su hijo divino. Y esto nos provoca sorpresa, admiración, alegría y, también, confusión. ¿Puede un ser humano ser “digno” de recibir a Cristo? El mismo Juan Bautista declaraba que no era siquiera “digno de quitarle las sandalias”. Por eso la figura de María nos es presentada repetidamente en la liturgia de hoy como modelo en el que podemos inspirarnos en esta intensa vigilia de expectación: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”.

El cuadro que presenta el evangelio es el encuentro de dos madres, y cada una de ellas espera con ansia a su propio hijo. Pero existe una clara percepción de que todo se orienta hacia el Hijo de María; aunque fue concebido después, es él quien le da sentido a la maternidad de Isabel, a la visita de María, al salto de alegría de Juan en el seno de su madre.

El relato evangélico concluye con las primeras estrofas del Magníficat, que nos dan luz para explorar más a fondo los sentimientos de María ante el prodigio que se ha realizado en su vida.

El primer sentimiento es de exultación, por la “salvación” que Dios ha realizado enviando finalmente a su Hijo, quien ahora –de manera prodigiosa- es también Hijo de María. Y, junto con eso, un sentimiento de humildad, que se reabsorbe en el fundamento de su fe: “puso sus ojos en la humildad de su esclava”. Ante Dios, la única grandeza verdadera es la disponibilidad y el abandono total.

Celebremos nuestra Eucaristía en vísperas de Navidad acompañando a María en su espera del nacimiento de su Hijo. Que Ella nos ayude a terminar de preparar nuestros corazones con la misma pureza y generosidad para conmemorar tan feliz acontecimiento de salvación.

Miqueas 5,1-4 Hebreos 10,5-10 Lucas 1,39-45

Pbro. Jacinto Rojas Ramos

 

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