“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38)

En palabras de Edith Stein el organismo corpóreo – espiritual de la mujer está formado para la natural tarea de la maternidad. La ciencia ha demostrado que la mujer posee la estructura física y psíquica para ser portadora de vida, es decir, para la concepción, la gestación y el parto.

El llamado instinto maternal es una realidad biológica. La neurosiquiatra Dra. Brizendine demuestra, que el cerebro femenino tiene un espacio para la maternidad. La profesora de Harvard lo llama “el bebé en el cerebro”. Por ejemplo, ella explica cómo el suave olor de un bebé libera feromonas que estimulan cualquier cerebro femenino para que produzca la poderosa “poción  del amor”, la oxitocina, que induce el deseo a tener un bebé. Es por ello que las madres adoptivas al intimar con su hijo forman un vínculo materno muy fuerte.

 Desde el momento de la concepción el cerebro femenino empieza a transformarse. Los niveles de progesterona aumentan, el cerebro de la madre se serena, siente la necesidad de descansar, de comer y tomar agua. En los primeros 3 meses de gestación, sin darse cuenta, la madre no quiere ingerir ningún alimento que le pueda causar daño a su frágil bebé, provocando las llamadas náuseas matutinas.

 Del segundo al cuarto mes la progesterona aumenta de 10 a 100 veces el nivel normal, lo cual produce un efecto similar a los del Valium. La progesterona actúa como un tranquilizante natural que ayuda a la mujer a combatir el estrés. Al cuarto mes el cerebro se habitúa a los grandes cambios hormonales y tanto su cerebro consciente como el inconsciente están focalizados en la vida que está creciendo en su útero. Cada día que pasa el lazo entre madre – hijo se hace más fuerte. La mujer quiere ya conocer a su pequeño. En el momento del parto, los niveles de progesterona descienden y fluye una cascada de oxitocina y dopamina que son liberados en el cerebro femenino causando una sensación de euforia cuando nace el bebé.

 Las feromonas que desprende el recién nacido se conectan  con  el cerebro de  su madre, provocando en ella la firme resolución de proteger a su pequeño ante cualquier peligro. Este sentimiento de protección materna se apodera por completo de los circuitos cerebrales de la mujer. El cerebro de la nueva madre ha sido modificado para siempre, y con ello sus prioridades. Esta transformación que comienza en el cerebro y afecta la realidad de la mujer es el cambio más importante que ocurre en su vida.

 En la maternidad corporal o espiritual, la mujer encuentra su realización completa y, aunque algunas mujeres no pueden concebir hijos, la entrega humanitaria hacia otros las ayuda a llevar a cabo su maternidad.

 El filósofo alemán Georg Simmel manifiesta que la mujer, aun más que el hombre, se caracteriza por su entrega incondicional al otro o a lo otro. Entrega que se expresa en emprendimientos que asume como el amor a un hombre, el amor a un hijo, el amor a una causa o el amor a Dios.

 Es por ello, que Dios encomendó a la mujer la tarea de ser portadora de vida. Dijo Dios a Satanás: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”. Con estas palabras Dios inicia en la mujer una nueva alianza con la humanidad. Mediante el fiat de María, Dios se hizo hombre en su vientre y vino al mundo a redimirnos. Por lo tanto, cada vez que una mujer abraza su maternidad y da a luz a un nuevo ser humano se renueva esa alianza de Dios con la humanidad a través de la mujer.

Cristina Valverde

Publicado originalmente en Cápsulas de Verdad

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