1. Mañana, con la celebración de la Cena del Señor, comienza el Triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culminación de todo el año litúrgico y centro de la fe y de la oración de la Iglesia (cf. Sacrosanctum Concilium, 102).

La tarde del Jueves santo, la Iglesia recuerda la última cena, durante la cual el Señor Jesús, la víspera de su pasión, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció al Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y, dándolos como alimento a los Apóstoles, les mandó perpetuar su ofrenda en conmemoración suya. Obediente al mandato de Jesús, la Iglesia celebra la santa cena, sintiéndose comprometida a traducir en la vida de todos los días el estilo del servicio y del amor fraterno, que tiene su sentido y su fuente en el supremo sacrificio del Señor, presente sacramentalmente en la Eucaristía.

En la solemne liturgia del Viernes santo, la comunidad eclesial medita el misterio de la muerte de Cristo, adora la cruz y, recordando que ha nacido del costado abierto del Señor, intercede por la salvación universal del mundo. En ese día de “ayuno pascual” (ib., 110) no se celebra la Eucaristía, pero los creyentes, llenos de esperanza, anuncian el don que el Hijo hizo de sí mismo para la salvación de los hombres, revelándoles el amor infinito del Padre (cf. Jn 3, 16) y tomando sobre sí todos los sufrimientos y las humillaciones de la humanidad.

2.El Sábado santo es el día en que la Iglesia contempla el descanso de Cristo en la tumba, después del combate victorioso de la cruz. Recuerda su descenso al mundo de la muerte para sanar las raíces de la humanidad, y espera que se cumpla su promesa: “El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles (…), lo matarán, y a los tres días resucitará” (Mc 10, 33-34).

Con palabras llenas de fe y de poesía, un autor antiguo describe así el misterio del Sábado santo: “Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto, ha puesto en movimiento a la región de los muertos”. El texto prosigue, describiendo también el coloquio de Cristo con Adán: “Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: ‘Salid’, y a los que estaban en tinieblas: ‘Sed iluminados’, y a los que estaban adormilados: ‘Levantaos’. Yo te lo mando: ‘Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos; levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía (…). El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial (…). Tienes preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos’ ” (Oficio de lectura del Sábado santo: PG 43, 439. 451. 462-463).

El Sábado santo, la Iglesia se identifica, una vez más, con María: toda su fe se recoge en ella, la primera creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección. La comunidad cristiana, recordando a la Madre del Señor en este día alitúrgico, está invitada a dedicarse al silencio y a la meditación, alimentando en la espera la dichosa esperanza del renovado encuentro con su Señor.

En la gran Vigilia pascual, con gozo, que desemboca en el canto del Aleluya, la Iglesia celebra la noche del “nuevo éxodo” hacia la tierra prometida. Conmemora la noche santa, en la que el Señor resucitó, y vela en espera de su vuelta, cuando la Pascua llegue a su plenitud.

Tres símbolos caracterizan las tres partes de la liturgia de la Noche santísima que nos libera de la antigua condena y nos reúne como hermanos en el único pueblo del Señor: la luz, el agua y el pan. Signos que, recordando los sacramentos de la iniciación cristiana, traducen el sentido de la victoria de Cristo para nuestra salvación.

En todos predomina el simbolismo fundamental de la “noche iluminada”, de la “noche vencida por el día”, que canta la Vida que nace de la muerte y de la resurrección de Cristo: Él es nuestra Pascua (cf. 1 Co 5, 7); Él es la luz que ilumina el destino del hombre, liberándolo de las tinieblas del pecado.

Ante el día que avanza, resuena con fuerza la invitación del Apóstol a despojarse de las obras de las tinieblas para revestirse del Señor Jesús (cf. Rm 13, 12-14), para que la victoria de Cristo actúe cada vez más profundamente en nosotros, en espera de la Pascua eterna.

4. Así pues, el Triduo pascual nos hace participar sacramentalmente en el misterio de Aquel que, por nuestra salvación, se hizo “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8), y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo siguen (cf. Hb 5, 9). Además, nos impulsa a hacer de nuestra vida una existencia pascual, caracterizada por la renuncia al mal y por gestos de amor, hasta la última meta: la muerte física, que para el cristiano es la consumación de su vivir diariamente el misterio pascual con la esperanza de la resurrección.

La Pascua nos recuerda que Cristo se ha convertido en fuente de salvación eterna para los hombres, ofreciéndose personalmente en el altar de la cruz.

Pidamos al Señor que los días del Triduo pascual sumerjan nuestra alma en el misterio de la gracia que mana de la cruz. María, Madre del Redentor, nos ayude a seguir fielmente a Jesús por el camino del Calvario, para llegar a ser testigos coherentes y alegres de su resurrección.

Con estos sentimientos, os expreso mis felicitaciones pascuales a todos vosotros aquí

presentes y a vuestros seres queridos: ¡feliz Pascua!

 

Miércoles 3 de abril de 1996

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