Queridos hermanos y hermanas,

Siguiendo con las catequesis sobre la Iglesia, hoy quisiera mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Lo hago retomando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la Constitución Lumen Gentium: “Como ya enseñaba San Ambrosio, la Madre de Dios es figura de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión y de la perfecta unión con Cristo” (n. 63).

1. Partamos del primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María representa un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quien era la Virgen María: una chica judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón joven de Israel había un secreto que ni ella misma conocía: en el diseño de amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el Mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí” y desde este momento la fe de María recibe una luz nueva: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que de ella ha tomado la carne y en la que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel y, en este sentido, es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, encarnación del amor infinito de Dios.

¿Cómo vivió María esta fe? En la sencillez de las miles ocupaciones y preocupaciones cotidianas de todas las madres, como proveer la comida, el vestido, la atención de la casa… En esta existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desenvolvió una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su Hijo. El “sí” de María, ya perfecto desde el principio, creció hasta llegar a la hora de la Cruz. Allí su maternidad se amplió abrazándonos a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos hacia su Hijo. María vivió siempre inmersa en el misterio de Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando todas las cosas en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.

Preguntémonos: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María nuestra Madre? O bien ¿consideramos que es una cosa lejana, muy distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la consideramos como modelo de confianza en Dios, que quiere nuestro bien?

2. Veamos el segundo aspecto: María modelo de caridad. ¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente de amor? Pensemos en su disponibilidad frente a su pariente Isabel. Visitándola, la Virgen María no le llevó ninguna ayuda material, pero le ha llevado a Jesús, que ya vivía en su seno. Llevar a Jesús a esa casa quería decir llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban felices por un embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva a la alegría plena, la que viene de Jesús y del Espíritu Santo y se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse y en el comprenderse.

La Virgen quiere traernos a nosotros, a todos, el gran regalo que es Jesús: y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así la Iglesia: no es una agencia humanitaria sino que es enviada a llevar a Cristo y su Evangelio a todos; no se lleva a sí misma, sino el amor de Dios, la caridad de Cristo que transforma a los hombres y las mujeres y renueva el mundo.

¿Y nosotros?¿Cuál es el amor que llevamos a los demás ¿El amor de Jesús que perdona y acompaña, o bien un amor que sigue las simpatías y busca el intercambio? ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O juzgamos, hablamos mal unos de otros, nos encargamos solo de nuestra “parcela”?

3. Y brevemente un último aspecto: María, modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen Santa fue la vida de una mujer de su pueblo: rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero toda acción se realizaba siempre en unión perfecta con Jesús. Esta unión alcanza el culmen en el Calvario: aquí María se une a su Hijo en el martirio del corazón y en la oferta de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. La Virgen hizo proprio el dolor del Hijo y aceptó con él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que trae fruto, que trae la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Es muy bella esta realidad que María nos enseña: el estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿Nos acordamos de Jesús solo cuando la cosa no funciona, o la nuestra es una relación constante, una amistad profunda, también cuando se trata de seguirlo en el camino de la cruz?

Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de toda comunidad eclesial se refleja el modelo de María, Madre de la Iglesia.

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