Los padres en la familia contribuyen a la madurez emocional de sus miembros desde dos perspectivas:

La dependencia total del nuevo miembro, que abarca desde el nacimiento y primeros meses, poco a poco cambia y no es total; puede presentarse regresiones en el niño durante los primeros años de vida, pero se va experimentando el camino hacia la independencia.

En esta etapa se da el holding, las caricias maternas y paternas, la afirmación del yo y la construcción psíquica-emocional. El niño requiere de la cercanía de los padres, muestras de afecto, de su compromiso y responsabilidad. En este momento los padres son quienes introyectan seguridad, confianza al niño. Los cuidados propios de esta etapa: desde la alimentación, la limpieza, el aseo, la manera de cargar y brindar las atenciones, son aspectos importantes para que se dé el siguiente paso, la separación – individuación.

Es aquí donde el niño va logrando su propia identificación y autonomía. La madurez emocional que el menor logre, depende en mucho del trato de los papás; son ellos quien deben establecer un equilibrio entre el amor, entrega al hijo y el extremo de la sobreprotección; son puntos referentes hacía el camino de madurez que se desea el niño vaya logrando en cada etapa.

Un segundo momento que se da dentro de la familia al paso del tiempo, es el desprendimiento de sus miembros, es decir, la independencia. La preparación de los hijos a la realización de sus sueños, en los diferentes proyectos, estilos de vida.

Son los padres principales promotores de guiarlos a la ejecución de ideales, y no como padres obstaculizadores; que impiden el crecimiento de sus miembros. En este segundo momento queda reflejado la madurez de los padres; recordando que los hijos, “sacan a la luz lo mejor o peor de sus padres”, reconociendo que dependiendo del árbol, son los frutos.

La familia ejerce varias funciones, una de ellas es la filial, que ocupa para que se dé el desprendimiento de la familia nuclear y por consiguiente, dar el paso firme y seguro a la formación de la propia familia. Es el momento en que los miembros de la familia, han iniciado el paso hacía la autonomía, y ahora son ellos, quienes; en la formación de una nueva familia establecen vínculos de confianza, amor, unión, retomando la formación que ambos miembros de la pareja obtuvieron en sus respectivas familias.

Se tiene presente si la formación fue sólida y facilitadora del camino a la libertad, entonces los nuevos miembros de la familia, tendrán los recursos válidos y sostendrán una relación armoniosa, que les ayude a mantener el equilibrio entre su relación y el recuerdo inconsciente de los padres, hablando en términos normales de salud mental.

Por el contrario, si la relación que se tuvo con la familia de origen no fue lo suficientemente idónea, se siguen presentando las relaciones dañinas de manera consciente, donde ambos miembros de la pareja dependen emocionalmente de los progenitores y no fomentan un ambiente saludable para los hijos. Este tipo de relación genera graves consecuencias que pueden ser desde dificultad para establecer vínculos con los miembros de la nueva familia, hasta la ambivalencia de amor y odio.

La familia debe ser el espacio que provea de amor, cuidados y valores a los hijos, en quienes proporcione las bases hacia la independencia; siendo los padres conscientes de que los hijos tienen que partir, y que ellos por los lazos consanguíneos y expresión de amor, son los líderes que van propiciando un ambiente sano, equilibrado; dando a cada hijo lo necesario en la fase de dependencia absoluta, propiciar la dependencia gradual dejando que el fruto madure, y en el momento de la toma de decisiones el hijo esté preparado, para su independencia, tanto emocional y material.

Sea el hijo quien posea ahora la capacidad para el inicio de un proyecto de vida. La familia ejerce la función de entrenar a sus miembros, capacitarlos en un ambiente sano para el logro de a madurez.

Emma Monjaráz

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