Hay consejos o recomendaciones que parecen perogrulladas, verdades por sí mismas, por lo evidente. Por ejemplo, el no transitar de noche en calles solitarias, pues es dar ocasión al asalto. También no mostrar dinero en público, pues algún ladrón puede observar y atracar más adelante, o hasta arrebatarlo. Más: no conducir cansado o con una buena dosis de alcohol consumida, no dejar la puerta de la casa abierta. En todos los casos se trata de no correr riesgos.

Hasta aquí todo parece aceptable, pero cuando vamos al terreno de lo sexual, ya algunas personas no reaccionan igual, mujeres sobre todo. Se trata de la vestimenta femenina, o de la falta de la ropa adecuada. Cuando alguien comenta que un acto de violación o hasta simple lenguaje procaz contra una mujer tiene que ver con la ropa de ésta, el mundo se le viene encima: ¡responsabilizar a la víctima, qué horror! dicen. ¿Qué hay de esto?

Regresemos a los ejemplos primeros. Cuando se corren riesgos innecesarios sí se acostumbra responsabilizar a la víctima: “se puso en el tocadero”, dicen. Pero cuando se trata de mujeres de escasa ropa, ofendidas, agredidas de palabra o de acción o atacadas sexualmente, entonces se deslinda totalmente a la víctima. Muy mal.

Las acciones, las actitudes, las formas de presentarse de una persona, siempre, lo intenten o no, envían mensajes subliminales. Quieran o no, sugieren algo que se desea mostrar, ofrecer o pedir. La mente humana funciona así.

La ropa puede servir para enviar mensajes a los observadores, como lo es la elegancia del vestir, o la vestimenta descuidada, o los uniformes formales y las prendas que identifican grupos humanos, como en las pandillas. A las mujeres les gusta variar su ropa tanto como puedan, sobre todo si se presentarán ante otras mujeres: “¿miren? intentan decir, mi ropa es nueva, no repito”, y hasta: “miren mujeres, estoy mejor que ustedes”.

Hay una diferencia fundamental entre el cuerpo masculino y el femenino. Este último lo ha hecho Dios sexualmente atractivo al varón, una invitación a la continuidad de la especie. Sólo la hembra humana es atractiva; en el reino animal, el macho es generalmente el hermoso, para atraer a la hembra. Se dice que la mujer es seducida por lo que escucha y el hombre por lo que ve. Dios sabe bien lo que ha hecho.

Pero para proteger a la niñez y a la juventud sobre todo, al despertar sexual, Dios ha puesto una defensa natural: el pudor. El mismo pudor hace que una jovencita que ve cómo su cuerpo infantil toma forma de mujer, puede sentirse incómoda, y eso es natural. Pero luego descubre que eso atrae a los jóvenes que le rodean y eso le agrada. Nace lenta o rápidamente al coqueteo, busca gustar y también verse mejor que otras chicas. Hay una casi permanente competencia inter-femenina por verse la más bonita. Se maquillan y se visten para gustar.

El intento por atraer miradas e intereses masculinos se vuelve algo delicado. Puede lograrlo si se ve arreglada, con ropa bonita, que “combine”, incluyendo bolso y zapatos. Pero puede también recurrir a mostrar “algo más” de su cuerpo, no solamente su silueta, con ropa tan ajustada como sea posible, o directamente la piel: más exposición carnal es más miradas y acercamientos masculinos.

El pudor, el recato, la modestia en el vestir femenino o la falta de todo ello, dicen mucho de la mujer. Quiera o no quiera, lo pretenda o no, hay un mensaje subliminal: “¡mírenme! ¿Les gusto?”. Y este mensaje se puede pasar de más e interpretarse como “mírame hombre ¿sabes lo que quiero?”. Aquí ya se está mal.

Siempre habrá hombres que interpreten tanto la conducta como la vestimenta de una mujer como una invitación, una sugerencia sexual, cuando se ha olvidado el pudor y el buen gusto en la ropa de mujer, sobre todo si tiene una figura seductora, propia de la juventud. Y por esta razón, no faltará quien sea descarado en su acercamiento a la mujer, en su hablar y hasta en su tocar. Y se llega hasta la agresión sexual, ya sea porque el hombre (falto de valores) cree que interpretó bien la invitación al sexo (cierta o falsa) y la llega a violar, alegando para sí o a la policía que “eso es lo que ella quería”.

No podemos dejar de lado el que hombres maleducados, groseros o violentos sexualmente agredan a mujeres que les gustan, independientemente de lo que ellas hagan o dejen de hacer. Pero eso no cambia el hecho de que en otras ocasiones, la mujer con su vestimenta provocativa obtenga algo que no desea, ser agredida de palabra o de obra por los hombres.

Volvamos al principio y repito la pregunta del título: mujer: ¿qué dice tu ropa? Y todavía más lejos, ¿qué dice aunque no te lo propongas? Es importante educar a las jovencitas en la forma en que la mente masculina y la educación o no del varón, reaccionan ante el vestir femenino.

El pudor, el recato, la modestia en la ropa de mujer, no están en conflicto con un deseo natural de agradar. Un cuerpo bonito se nota con mucha o poca ropa, holgada o ajustada. La ropa debe ser para vestir precisamente, y si la joven quiere agradar lo puede hacer con encanto y sin enviar esos mensajes subliminales equivocados a los varones irrespetuosos o violentos. Es más, una chica que “enseña de más”, resulta de interés dudoso para un joven que busca una relación seria, y esto también debe enseñársele a la juventud, femenina y masculina.

 

Por: Salvador I. Reding Vidaña

Fuente: Catholic.net

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