Humilde y fuerte, dulce y decidida, le cuesta contenerse. Los ojos le brillan mientras habla y gesticula con una fascinante modestia. Yllka Tabaku es un río en crecida y no le teme a nada, porque lentamente, después de más de veinte años de camino, se ha dejado dominar totalmente por el Amor: “¿Sabes?, cuando te entregas y das todo, recibes el céntuplo y esto te basta”, aunque el hacerlo pongas en peligro tu propia vida. En caso contrario, “haces como el joven rico, te guardas un poco de vida para ti y, entonces, sigues siendo un cristiano triste“.

Rezumando fe y alegría, esta mujer enamorada de Cristo relata a Benedetta Frigeio para La Nuova Bussola Quotidiana su conversión desde el islam al cristianismo, cuando la noche de Pascua del año pasado recibió el bautismo, llenando sus ojos de una luz que “mis hijos me dicen: ‘Mamá, yo también la quiero'”. Verdaderamente, éste es el efecto que causa Yllka, también a quien ya es cristiano.

-Yllka, ¿cuándo oíste hablar por primera vez de Jesús?
-Nací en Albania donde, a los doce años, empecé a nutrir un fuerte deseo en mi interior. Era el periodo de Navidad y los cristianos, perseguidos por el régimen comunista, la celebraban a escondidas. Recuerdo a las mujeres cristianas que vivían en mi barrio, bien vestidas, de fiesta. Aunque tenían que celebrar a escondidas, no era el miedo lo que dominaba sus rostros, sino la alegría. Este hecho me tocó en lo más profundo. Después, como iba al colegio con sus hijos, empecé a preguntarles por qué eran tan felices: me respondían que eran felices porque Jesús vivía… y tal vez eran pobres, llevaban vestidos remendados. Empecé a ir a su casa con la excusa de hacer los deberes y veía que hablaban de este Jesús y se hacían la señal de la cruz, por lo que una vez intenté hacerlo y sentí, en ese instante, un gran calor. Por lo que seguí haciéndolo a escondidas.

»Me acuerdo que una vez se me escapó hacerlo en mi casa y mi madre me golpeó las manos diciéndome que no lo hiciera nunca más. Rezaban a escondidas, pero veía que su fe, a diferencia de lo que sucedía en mi casa, donde no había alegría, crecía en sus casas gracia a la alabanza a Dios. El dios del que habla el islam no daba esa alegría, esa belleza para compartir y hacer crecer estaba muy lejos. Recuerdo que la madre de mi padre rezaba en voz baja, encerrada en sí misma, sin compartir nada, mientras que los cristianos hablaban con Jesús y María incluso antes de hacer los deberes, pidiendo ser sostenidos, y siempre les daban las gracias: el suyo era un Dios cercano y que se interesaba por la felicidad del hombre también aquí, en la tierra.

-¿Cómo conseguiste esconder a tu familia tu cambio?
-A los catorce años mi madre, preocupada porque veía algo extraño en mí que me hacía distinta a mis hermanas, me obligó a hacer el ramadán, pero seis días antes de que finalizara acabé en el hospital de lo mucho que había adelgazado. El médico dijo que había corrido el riesgo de morir y que era demasiado pequeña para hacer el ayuno de un mes. Tenía, sobre todo, problemas de riñón. Por suerte, mi madre dejó de obligarme a hacer el ramadán, aunque mis hermanas lo hacían todos los años. Yo era feliz, ese malestar fue la confirmación de que mi religión no tenía nada positivo, nada que me hiciera seguir alabando a Alá. Pero cuando rezaba a Jesús, o hacía sacrificios por Él, estaba feliz. Mi fe crecía cada vez más, en silencio. Además, me confirmaba que Él era Dios y que era bueno, porque cuando le pedía que ayudara a quien sufría, a menudo atendía mis deseos.

-Rezabas a Jesús y obtenías, ¿no era suficiente para ti? ¿Por qué bautizarse?
-A los dieciséis años conocí a mi marido en Albania. Me casé a los pocos meses. Poco después, en junio, se celebraba, como cada año, una fiesta dedicada a San Antonio de Padua en una gran iglesia destruida del pueblo: le pedí a mi marido que me llevara, ya que también iban, por tradición, los musulmanes (se decía que allí ocurrían muchos milagros). Me había preparado durante días y recuerdo que, cuando llegué, esa noche no podía dormir porque sentía que la fe estallaba en mi corazón. Precisamente esto me empujaba a desear ser totalmente Suya.

»Al cabo de poco tiempo mi marido partió para Italia en busca de trabajo, mientras yo estaba embarazada. Estar sola con un niño pequeño era difícil, mi marido y yo no teníamos posibilidad de hablar, vivía en la pobreza y en la guerra civil; una vez, un proyectil pasó rozándome, pero la oración me dio fuerza. Al cabo de unos meses mi marido volvió a Albania para llevarme a Italia en una lancha. Fue un viaje increíble, podía morir pero no tenía miedo, estaba contenta de llegar a un país en el que los cristianos podía adorar a Dios libremente.

-¿Qué te quitó el miedo humano a morir?
-Recuerdo que rezaba intensamente con mi hijo en brazos y dos delfines se situaron a los lados de la lancha. El hombre que guiaba la lancha dijo: “Nunca he visto algo así, nos están indicando el camino”. Comprendí que Dios quería realizar mi deseo de ser una con Él, aunque luego tuve que esperar muchos años, pero estaba segura de que llegaría a puerto. Atravesamos Italia hasta llegar al norte para empezar una nueva vida. Era difícil, pero cuando entré en una iglesia por primera vez, sentí una alegría inmensa. Recuerdo que ese día llovía a cántaros, estaba con mi hijo pequeño y aunque tenía miedo de que alguien me viera, entré y me arrodillé.

»Comprendí que mi vida estaba a punto de cambiar, lloraba, pero eran lágrimas de alegría: por fin estaba en casa. Permanecí una hora y cuando salí brillaba el sol. Caminaba alabando a Dios. Cuando llegué a casa mi marido me preguntó por qué mi rostro desprendía tanta luz; respondí que no había sucedido nada. Tenía miedo. Pero a partir de ese día empecé a ir a menudo a la iglesia, a escondidas. Cuanto más rezaba, más se hacía Dios presente en mi vida, como padre y amigo. Era todo lo que buscaba. Pero, en un determinado momento, mi árbol tan lleno de frutos espirituales pesaba demasiado: tenía que regalarlos, tenía que liberarme y gritar “Cristo” con todas mis fuerzas.

-¿Cómo pudiste no temer el peligro que corren, normalmente, quienes abandonan el islam?
-Llegados a ese punto, el amor era tal que dejé de tener miedo. Además, una persona especial, mi madrina, me tomó de la mano y me dijo: “Fíate y verás que Él te sostendrá”. Por lo que decidí dar el primer paso. Hablé con mi marido y le dije que llevaba dentro de mí una cosa desde hacía años. Me preguntó si tenía otro hombre. Le respondí que quería convertirme en cristiana. Cayó sobre el sofá y me dijo que no podía hacerle esto, que la gente pensaría que era débil porque no había sabido mantener a su esposa a raya, y salió de casa.

»Pero el día siguiente vino hacia mí y me dijo: “De acuerdo, si esta es tu decisión, la respeto”, y después me explicó: “No me interesa lo que diga la gente, porque veo tu mirada y sé que lo deseas con toda tu alma”. Por lo que, a continuación, hablé con el párroco, que estaba asombrado: me preguntó si estaba segura. Temía por mí, también porque provengo de una familia musulmana desde hace generaciones y podía ser peligroso. Pero hablamos mucho, tras lo cual vino a cenar a casa para hablar con mi marido, mis hijos y mi suegro. Después de esto, empecé las catequesis.

-¿Cómo reaccionaron tu madre y tus familiares?
-Todos protestaron, algunos me amenazaron; recuerdo llamadas telefónicas tremendas, alguno me dijo que el bautismo sería lo último que haría en mi vida. Yo escuchaba y, al final, con calma, les decía que respetaran mi decisión “porque esta es la voluntad de Dios”. El mes antes de bautizarme decidí volver a Albania porque quería mirar a la cara a mis familiares para decirles que iba a recibir el bautismo. Me dije: “Si tengo que morir, moriré, pero ahora soy libre ante Dios”. No sucedió nada, todos estaban en silencio con los ojos bajos. Muchos parientes ya no me hablan, para ellos estoy muerta.

-Por Dios has renunciado a parte de tu familia. ¿Cómo puede pedirte Cristo esto?
-Es un dolor, pero confío en Dios y en sus tiempos. Y además, para obtener la gracia inmensa que he recibido, para dar a Dios mi amor, tenía que renunciar a algo. Si no, ¿qué amor es? Además, no comparto la fe musulmana y sé que tampoco ellos comparten todo del islam, pero callan para no ser marginados. Además, he tenido un gran consuelo. Al principio, mi madre sufría muchísimo. Pero vino al bautismo y esa noche me confesó que, desde siempre, había comprendido que tenía algo distinto al resto y que ahora entendía de dónde venía mi fuerza. Sé que mi conversión no es contra nadie, sino por todos.

-¿Qué diferencia hay entre Dios y Alá?
-Dios es un amante que nos deja libres de elegirle, libres de amarlo. Él me ha elegido haciendo que me enamorara de Él, dándome la alegría. Yo he llamado a la puerta, atraída por el deseo de conocer la fuente de la alegría, y Él me ha abierto. Su luz, Su voz, Su presencia, Su alegría, ¡son tan grandes, infinitos, para cada uno de nosotros…! Lo único que tenemos que hacer para obtener todo esto es dejarlo todo y seguirlo, es decir, darle la precedencia sobre el resto, entregarle la vida y compartir la fe. Pero, en cambio, estamos siempre con prisa, no le damos las gracias, no le pedimos que nos indique Su vía y, así, estamos tristes. Jesús es este amor grande, inmenso, único y especial.

-También el islam dice que hay que poner la voluntad de Dios ante todo. ¿Qué cambia?
-Yo quiero hacer la voluntad de un Dios humano, vivo y razonable que sólo quiere darme lo mejor. Por esto, la mujer cristiana es libre, por esto Jesús le da dignidad: Dios ama a las mujeres, las tiene en cuenta. No son sus esclavas, sino hijas, son el apoyo de los hombres y sus madres. De hecho, una de las cosas que también me convenció fue ver la libertad, el respeto y el amor entre los maridos y las esposas cristianos. Eran uno en Dios, como no había visto nunca. Dios se complace con que sus hijos estén contentos. No quiere hijos tristes, no quiere ser amado a la fuerza. Por lo tanto, si Dios pide que le sigamos, lo que implica un sacrificio, me lo pide por amor, no por fuerza o poder. Dios nunca te pedirá algo que vaya contra ti. Te pide para darte cien veces tanto, ya aquí, en la tierra.

-¿Por qué, entonces, tantos cristianos en Occidente no hablan de Dios como hablas tú de Él, como de una presencia real?
-Todos corren, trabajan, no tienen tiempo y dejan de cultivar una relación con Dios; a veces no van a misa. Es verdad, Él ha tocado mi corazón, me ha iluminado, me ha dado fuerza, pero porque yo lo deseaba. Basta desearlo con toda la fe que uno tiene y Él viene. Si falta la fe en Su Presencia Real, no se puede vivir todo esto. Si no estás dispuesto a seguirle y a darlo todo, no tendrás el céntuplo de alegría. Si mantienes tu vida sólo para ti, te vas triste, como el joven rico.

-¿Cómo te ven, hoy, tus hijos?
-Ven la alegría en mis ojos, me dicen que les transmito algo hermosísimo, pero al mismo tiempo no consiguen creer en una bondad tan infinita como la de Dios. Uno de ellos me ha preguntado si un día vivirá también lo mismo. No quiero que sigan algo que no comparten hasta el fondo. No quiero que sigan a Jesús hasta que no estén seguros de querer darle la vida. De mis hijos, hay quien está preparado y quien están aún incierto. Rezo pidiendo a Dios que, como me ha iluminado, pueda hacer lo mismo con mis hijos. Estoy convencida que también a ellos les pasará lo que me ha pasado a mí, porque Dios está trabajando en este sentido.

-Tienes una fe enorme, pero muchos, aunque rezan, no obtienen lo que has obtenido tú y, por lo tanto, se desaniman. A menudo utilizan esta excusa para abandonar la Iglesia.
-Dios no hace todo enseguida, Dios prepara lentamente, con mucha paciencia, como ha hecho conmigo, hasta que dije un sí total. Dios responde a cada oración, siempre, pero a veces al cabo de años. Y porque Él actúa así, antes te tienes que preparar. Es necesario, por lo tanto, persistir sin dejarse engañar por caminos más fáciles que parecen darte lo que quieres enseguida, pero que después te decepcionan. Yo he rezado durante más de veinte años, no ha sido fácil, pero estaba segura de lo que obtendría un día.

Traducción de Helena Faccia Serrano.

Publicado originalmente en Religión en libertad

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