Esta pequeña reflexión quiere ayudarnos a contemplar el misterio de la Navidad, mirando la fragilidad de un pequeño  niño y la esperanza que encierra este hermoso misterio, que nos lleva a descubrir a Cristo en el pobre y olvidado de nuestro tiempo, trabajando al mismo tiempo por hacer un mundo más fraterno.

 

Desde el pesebre de Navidad
nace una esperanza nueva.
En la sonrisa de un Dios que es niño
se asoma, frágil, la luz del Reino.

Un niño Dios que necesita
cuidados, caricias, atención.
Una esperanza nueva que crecerá
con el esfuerzo de todos.

Una madre atenta,
dispuesta para lo que Dios pide,
que no vacila en decir sí
y entregar la vida entera.

La Madre,
del Señor y Madre nuestra.
María de Nazareth,
camino que conduce al Padre.

Dios que nace en un pesebre,
olvidado, a la intemperie.
Recordándonos su presencia
entre los pobres que sufren.

Navidad,
el signo de Dios que se hace pobre
para llamar al Reino
desde los olvidados del mundo.

¡Alégrense: pastores, campesinos,
obreros de todos los tiempos!
Llegó la Buena Noticia,
que empiece la Fiesta,
en medio del pueblo.

La liberación esperada
ha dejado de ser sueño.
Empezó a ser realidad
la semilla del mundo nuevo.

 

Cantemos con alegría,
unamos voces y manos.
Vamos a ver al Dios vivo,
festejemos su nacimiento.

Desde el pesebre de navidad,
un grito surge, de aliento,
Dios está con nosotros,
marchemos hacia su encuentro.

El Dios que nace es un niño
necesitado y pequeño,
que requiere nuestra entrega
para hacer crecer el Reino.

Navidad, como María,
contemplar desde el silencio,
el misterio de Dios hombre,
que nos convoca a cambiar,
a vivir para los otros,
a construir en el mundo
el inmenso sacramento
de la presencia de Dios
que nos contagia su aliento.

Un Dios que llega a los hombres
que se hace hermano nuestro.

 

Marcelo A. Murúa

 

Publicado originalmente en: Buenas nuevas

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