violencia Mujer hermosa, ¡Valórate! Date cuenta de la dignidad que posees. Eres única, especial y apreciada.

Lo siento, pero “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…hasta que la muerte nos separe” no significa que una persona “deba” permanecer en un matrimonio donde lo que impera es la violencia -verbal, física, moral, espiritual, emocional- y donde su dignidad como persona y hasta su vida estén en constante peligro.

Eso de que “me aguanto por mis hijos”, no, por favor. Eso no es un ejemplo digno. Además, el mensaje que estamos mandándoles es que amor es igual a violencia y que en nombre del amor hay que “aguantar” todo y de todo. ¡Ya basta!

A las cosas hay que llamarles por su nombre. La Organización Mundial de la Salud define la violencia como el uso intencional de la fuerza o el poder físico; amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.

La violencia en ninguna circunstancia es una manifestación de amor. Todo lo contrario. Violentar a alguien o aceptar ser violentado es una muestra de la falta de “amor sano” que hay en el interior de una persona, de la profunda falta de autoestima, de las carencias afectivas no resueltas y heridas emocionales no sanadas. Las causas de violencia son muchas, pero todas nacen del miedo y de todo lo que emana de este: frustración, desconfianza, desesperación, intolerancia, etc.

Cifras alarmantes

Según la ONU, en el mundo entero, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, principalmente por parte de su pareja sentimental. Un 70% de las mujeres todo el mundo ha experimentado situaciones de violencia dentro de su relación. Una mujer será abusada cada 15 segundos y más del 50% seguirán siéndolo. 

Desafortunadamente, este tipo de comportamientos agresivos no solo de dan del hombre hacia la mujer, también de la mujer hacia el hombre, aunque estos son menos recurrentes, pero de que hay mujeres fieras, también las hay. Tampoco son tan conocidos por cuestiones de paradigmas sociales. Eso de que la mujer de alguna manera les maltrate les resta virilidad a los ojos del mundo. Así siguen pensando en algunas sociedades. Ni hablar… Así, ni cómo ayudarles…

El maltrato a la mujer en el hogar es un delito que debe ser denunciado.  Hay señales a las que todos debemos estar atentos y así darnos cuenta si una mujer está sufriendo del síndrome de la mujer abusada.

Hay unas que son observables -conductuales- y otras emocionales: timidez, aislamiento, aprehensión, resistencia a interactuar de manera social, depresión, ansiedad, baja de desempeño en el área laboral o profesional por la misma falta de energía, episodios de llanto, hipersomnia/insomnio. También hay señales físicas como los hematomas -moretones- lesiones físicas, sobre todo en el área del rostro, cuello, brazos, etc. aunque también en partes de su cuerpo que no sean tan visibles.

¿Cómo detectar a un hombre abusador?

Generalmente son hombre que en apariencia son carismáticos, pero en realidad son posesivos, controladores, egocentristas y manipuladores. Les gusta ser el centro de atención y monopolizar el tiempo, las conversaciones y no le permite a su mujer interactuar, todo con el fin de suprimir su vida social, aislarla y así fomentar que ella se siga sintiendo indefensa y su codependencia hacia él crezca.

La solución pasa por la educación

Salir de un patrón de violencia doméstica no es fácil, pero sí se puede lograr.

El primer paso -el cuál es el más difícil- es romper la barrera de la “negación”, de que “aquí no pasa nada” o “es violento, pero sì me ama” o peor aún “yo lo voy a cambiar”. Se necesita tener la voluntad de querer salir de ahí reconociendo que lo que se está viviendo no es sano para nadie. Que nada de eso es normal ni aceptable y que como persona no merece esos tratos. Una vez que se cruza ese primer paso, la mujer se convertirá en sobreviviente, se empoderará y no habrá poder humano que la pare en su proceso de sanación, de recuperar su amor propio y de rescatar su vida.

La violencia doméstica en un comportamiento indigno, un problema al que hay que sanar -solucionar- desde su raíz. Es un cáncer -al que hay que poner un alto de manera inminente e inmediata- que está acabando con nuestra sociedad porque emana de la base de esta que es la familia, el matrimonio. La violencia jamás se terminará con más violencia. Tampoco será con el divorcio, al contrario.  Si no se sana desde su raíz, cada vez habrá más familias separadas, disfuncionales, pero la violencia no terminará y seguirá in crescendo.

Forzosamente ésta necesita atacarse desde su origen en su fuente principal que es la familia, comenzando con las dos cabezas de hogar que se supone son los pensantes y racionales, “papá y mamá”.

Como adultos y líderes del hogar nunca es tarde para hacer un parón en nuestras vidas y redirigirlas hacia un bien mayor. Si lo que hasta hoy he hecho de mi vida, de mis hijos y de mi hogar no es digno de ser replicable, entonces busco hacer cambios en positivo enfocándome en las cosas que verdaderamente tienen valor y no precio.

La solución a la violencia la tenemos al alcance de la mano y, además, gratis: volver a la educación de los valores básicos, esa que se educa desde el interior hacia afuera y que la deben ejercer con una sabia autoridad los padres. 

Aquel que tiene un por qué y un para qué siempre encontrará cualquier cómo. Como padres si no tenemos claro el “para qué” vamos a educar nos vamos a perder en el camino. Hay que preguntarse: ¿para qué educo?  ¿Lo hago nada más para cumplir con códigos de conducta y para que sean bien vistos y aceptados por los demás?

Educación viene de educare que significa entre otras cosas, “sacar de adentro”. Y eso es lo que hay que hacer como educador primario, sacar lo mejor de ellos y moldear lo que traen. Nuestros hijos ya traen un temperamento, a nosotros nos toca moldear ese temperamento y apoyarles a que forjen un carácter.

Entonces, lo primero es tener claro tenemos claro para qué educamos y cuál es el fin de la educación y también, educar más en el “ser” y no tanto en el “hacer” o en el “tener”.

Debemos volver a ser padres presentes, con autoridad aceptando nuestro rol de responsables primarios en la educación integral de los hijos. ¿Por qué se perdió el sentido de autoridad? Se perdió desde que dejamos de ser unos padres presentes y nos convertimos en padres ausentes. La autoridad se ejerce con sabiduría únicamente buscando el bien de los hijos, de manera activa y personal y “no a larga distancia” o dejando esa responsabilidad en un tercero.

También creo firmemente que la educación para padres debe ser obligatoria. En esta época ya no nos podemos quedar de brazos cruzados y salir con la excusa de “así me educaron a mí y por eso soy así”. Hoy en día hay muchas herramientas e información valiosísima para que seamos cada vez mejores modelos para seguir.

Siendo padres presentes, conscientes, figura segurizante y digna de ser admirada por nuestros hijos puede ser un muy buen comienzo.

Luz Ivonne Ream

Publicado originalmente en  Aleteia

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