hijo La historia de Anthony Cipolle, sacerdote desde el 18 de noviembre, y de su madre Louise, evoca la de San Agustín y Santa Mónica. Y, como aquélla, ha tenido un final feliz. Lo cuenta Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana:


Ha rezado cada día, ha ido a misa diariamente y todos los martes iba al santuario de Boston dedicado a San Antonio pidiendo el milagro de la conversión para su hijo. Todo esto sin parar durante veinticinco años, a pesar de los momentos de probable desánimo. Al final el resultado ha superado cualquier expectativa o pensamiento, incluso milagroso: Dios ha abrazado por completo a su hijo a la edad de 52 años. Hace unos días, Anthony Cipolle fue ordenado sacerdote de la Iglesia católica en la diócesis de Portland. Su madre Louise, de 91 años, estaba presente.

La fe de una mujer ha reparado, también, las derivas de la Iglesia postconciliar, demostrando que la avaricia o gravedad de los tiempos no son más fuertes que la Omnipotencia de Dios cuando una madre le invoca o reza en su corazón. Don Anthony creció, junto a sus tres hermanos, en Massachusetts, en un hogar muy religioso. La madre les educó en el amor a Jesús y la Virgen, en la oración. El padre, David, que trabajaba lejos de casa y volvía al hogar tarde, por la noche, les leía la Biblia hasta que los pequeños, que se habían quedado levantados esperando su regreso, se dormían. “Recuerdo cuando me hizo aprender el Padre Nuestro, la oración del Señor”, ha explicado el sacerdote. Toda la familia iba a misa el domingo. Pero al poco tiempo de haber recibido los sacramentos Anthony empezó a perder interés por la fe, como si fuera algo que no tuviera que ver con su vida, sufriendo, como explicó antes de ser ordenado diácono, la influencia “de una formación religiosa alterada por los cambios que trajo el Concilio Vaticano II”.

La deriva y el rescate
Se centró en el éxito y a la edad de 17 años, a pesar de tener unas notas excelentes en el colegio, dejó de estudiar para empezar a trabajar en el sector del automóvil. Tras dejar embarazada a su novia, con la que se casó, se mudó a vivir a Chicago con ella y su hijo Mark, donde abrió un negocio relacionado con la hidráulica que le hizo ganar bastante dinero. La relación con su esposa empezó a resquebrajarse y al poco tiempo Anthony se divorció. La mujer volvió a Massachusetts con su hijo, el único punto débil del hombre que, al final, con tal de que Mark creciera cerca del padre, cerró su empresa para ir a vivir cerca de él. El matrimonio fue seguidamente reconocido como nulo, porque los dos adolescentes se habían casado en el ayuntamiento sin la presencia de un sacerdote católico.

Durante tres años Anthony vivió derrochando el dinero que había ganado: “Vivía como una estrella de rock: despilfarré todo el dinero que tenía”. No sentía ningún interés por la fe, pero su madre, impertérrita, seguía rezando. Cuando se le acabó el dinero, tuvo que volver a trabajar. Volvió al sector del automóvil. Uno de sus clientes era un hombre, John Kilmartin, con el que entabló una gran amistad y que resultó ser un sacerdote católico.

Su amistad con John le fascinaba, por lo que le veía cada vez más. La amistad creció tanto que Anthony empezó a ayudarle en la parroquia. A menudo veían juntos, en la televisión, a Billy Graham (un famoso predicador evangélico, firme en la lucha pública por la defensa de la fe y los “principios no negociables”). Le “veía llevar el sacramento a los enfermos y moribundos. Veía la alegría durante los bautismos y los matrimonios”.

Todo esto actuaba en el corazón del hombre que, un día “en que llegué al punto más bajo de mi vida, quise empezar de nuevo. Deseaba el perdón de Dios. Pero pensaba: ni siquiera me acuerdo de todos los pecados que he cometido. No puedo obtener este perdón”. Pero en ese momento emergió la educación que había recibido en su casa: Anthony comenzó a recitar el Padre Nuestro que le había enseñado su padre y al pronunciar las palabras “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”, empezó a sentir una paz que no había experimentado nunca: “Todo cambió cuando esa paz descendió sobre mí: mi modo de hablar, de caminar, lo que decía, las personas con las que me relacionaba”.

La vocación
El segundo punto de inflexión fue cuando murió su amigo sacerdote. Durante el funeral, una mujer desconocida se acercó a él y le dijo: “Sé que tienes que ser sacerdote”. No fue la única, porque otra persona desconocida le dijo lo mismo. Era una idea que ya había aflorado dentro de Anthony cuando miraba al padre John. Al cabo de poco tiempo entró en el seminario, donde se formó durante diez años debido a su extraordinario recorrido.

Durante su ordenación estaba presente su hijo Mark, que ahora tiene 33 años, con su mujer y sus hijos, y que leyó la lectura de la Misa. Después de la ordenación Anthony saludó a los presentes, en fila para que el nuevo sacerdote les impartiera la bendición. Entre ellos estaba Louise, que se arrodilló y se puso a llorar reclinada en el pecho de su hijo, que se inclinó para bendecirla apoyando su cabeza sobre la de su madre, a la que no sólo le debe la vida y la vocación, sino también la salvación. Ella, cumpliendo la verdadera vocación de un padre cristiano, dar hijos al Cielo, ha podido disfrutar, a los 91 años, del premio a su larga fidelidad, pudiendo recitar, con Simeón, el Cántico: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2, 29-32).

Publicado originalmente en Religión en libertad

Comparte:

About Author

Comments are closed.