adviento Los padres de familia, hagan lo que hagan, vayan a donde vayan, están pensando siempre en sus hijos: qué necesitan, qué les haría bien. Adviento es uno de los grandes momentos en que la Iglesia, madre y maestra, nos ayuda a crecer como hijos de Dios y discípulos de Cristo, y más en particular, Adviento es escuela de oración.

Quien busca mejorar su vida de oración debe centrarse en el único necesario y escucharlo con toda calma. Adviento nos enseña las tres cosas: a centrarnos en el único necesario, a escuchar y a calmarnos.

1. Sólo una cosa es necesaria:

Adviento es visita de Dios. En este tiempo aprendemos a ser buenos anfitriones de Dios que viene a visitarnos: “Zaqueo, baja pronto, que hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19,5)

Diciembre es época de muchos quehaceres, preparativos, compras, fiestas,… y tantas cosas que nos atropellan. La Iglesia nos invita a centrarnos en lo esencial, que es la atención a Dios que nos visita: “Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria” (Lc 10, 41-42) Es una afirmación bastante contundente pronunciada por el mismo Dios: “sólo una cosa es necesaria”.

Uno de los grandes retos en la vida de oración es aprender a centrarse, disciplinarse para hacer lo que quieres hacer y no dejarte arrollar por tantas actividades secundarias o no necesarias. La mejor parte de nuestro tiempo (y tiempo de calidad) debe ser para el dulce huésped del alma.

2. Aprender a escuchar:

Adviento significa que “Dios viene”. Dios busca a la humanidad y viene a nuestro encuentro. Dios se revela y se entrega por el impulso del grande amor que nos tiene.

El Adviento es tiempo para que el orante medite y profundice en el punto de partida de nuestra relación con Dios: “Dios nos amó primero” (1 Jn 4,10) La oración tiene la estructura del diálogo: llamada y respuesta, escuchar y hablar. Lo primero es la escucha para percibir la Palabra de amor de Dios. Escucha que significa apertura, apertura que significa acogida, acogida que significa respuesta.

Ya con esto tendríamos bastante: aprender a escuchar en la oración, formar el hábito del silencio interior, afinar el oído, vivir atentos a Su Palabra, a la acción del Espíritu Santo y sus continuas manifestaciones a lo largo del día; vivir vigilantes para captar su presencia omnipresente y disfrutarla. Esto es: dar posada al Verbo de Dios hecho carne.

3. Calma, atención:

El Adviento dice: detente, cálmate, pon atención a la atención que Dios te tiene. El Adviento nos recuerda que a Dios le importamos, que Dios se ocupa de nosotros pues no podemos salvarnos por nosotros mismos y con tal de rescatarnos llega al extremo de hacerse uno como nosotros y vivir con nosotros. Y una realidad así no puede pasar desapercibida, es algo profundo que requiere calma para valorarla y gustarla.

Las muestras de atención de Dios con nosotros son múltiples y continuas: toda la existencia es expresión del amor personal de Dios con cada uno de sus hijos. Él está siempre aquí, viene hoy, cada día, pero tenemos que tener la calma para captar su presencia. Adviento es “una invitación a comprender que los acontecimientos de cada día son gestos que Dios nos dirige, signos de su atención por cada uno de nosotros. ¡Cuán a menudo nos hace percibir Dios un poco de su amor! Escribir –por decirlo así- un diario interior de este amor sería una tarea hermosa y saludable para nuestra vida.” (Benedicto XVI, 28 de noviembre de 2009)

Si en Adviento aprendemos a hacer calma donde cualquiera diría que es imposible, entonces seríamos excelentes alumnos de esta escuela de oración. Hacer calma para contemplar al Emmanuel, Dios con nosotros, en todo momento y circunstancia. Y la certeza de la presencia de Dios es fuente de paz; más aún, es la fuente de paz que tanto necesitamos. Sólo así Navidad será para cada uno una noche de paz y amor.

Publicado originalmente en La oración

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