La elección del ser amado es un acto importante en la vida de la persona que implica, como San Juan Pablo II nos enseña, una gran responsabilidad. Aquí aclaramos algunos mitos falsos que existen sobre el noviazgo y el matrimonio en torno a la elección del ser amado.

Primer mito falso: Dios elige a la persona por mí

Dios tiene propósitos para cada uno de nosotros pero no es El quien elige al ser amado por ti. A veces escuchamos frases como “será quien Dios quiera” y aunque es cierto que Dios nos guía al disponernos reconociendo su autoridad en nuestra vida y poniendo sobre todo su voluntad antes que la nuestra, podemos llegar a cometer el error de olvidarnos que nuestra vida es una comunión con El, y esto implica que nosotros también ponemos nuestra parte y tomamos decisiones al respecto.

Como toda experiencia de amor, en la vivencia del noviazgo y el matrimonio la obra es doble: es divina por la gracia de Dios, quien nos invita al encuentro con el otro; pero también es humana a través de nuestras acciones y decisiones por la que respondemos a ella. Dios no puede vivir nuestra vida por nosotros ya que como un regalo que recibimos de El, depende de nosotros explotarla, hacerla crecer y vivirla al máximo.

En lo que respecta a las relaciones de nuestra vida, no elegimos a nuestros padres pero sí elegimos a nuestros amigos y a la persona con la que compartiremos nuestro matrimonio. Por eso con nuestra libertad y la sabiduría que Dios nos enseña, debemos tomar esa decisión tan importante con responsabilidad. De hecho, San Juan Pablo II dedicó en su libro “Amor y Responsabilidad” un apartado especial al tema de la elección titulado “La elección y la responsabilidad“.

A veces escuchamos quejas dirigidas a Dios como por ejemplo “¿por qué me diste este esposo?” o “¡la novia que me diste me hace infeliz!”. Dios no es responsable por eso. El nos da la libertad y somos nosotros los responsables de las decisiones que tomamos, incluyendo con quienes somos novios y nos vamos a casar.

En este sentido, no hay que olvidar que cuando una pareja decide contraer matrimonio no es Dios quien los casa, así como tampoco lo es el sacerdote y mucho menos una libreta de matrimonio o un papel, sino que lo que los casa en la iglesia son ellos mismos en el momento en que se eligen delante de sus seres queridos y en presencia de Dios. Por eso, los novios no esperan que Dios les diga con quién casarse, así como tampoco eligen al otro pensando que eso es lo que Dios quiere. Los novios -con total responsabilidad- son ellos mismos los que deciden elegirse para amarse y expresan que quieren quererse. Así, ellos no se casan con Dios, sino en su presencia que los une de manera especial para siempre.

Segundo mito falso: Dios me enviará a la persona indicada

Esta idea de que “la persona cae del cielo” tampoco es real. Es cierto que no hay que entrar en un estado de desesperación por encontrar a esa persona, pero es evidente que somos parte de una sociedad con una estructura de pecado que está fuertemente marcada por un egoísmo que es motivado por un sistema económico perverso y leyes que no protegen ni a la vida ni a las personas. Todo esto que San Juan Pablo II llamaba la “cultura de la muerte” son las bases de lo que el Papa Francisco llama la “cultura del desencuentro”.

El Papa nos llama permanentenmente a vivir una cultura del encuentro. Esto significa, particularmente en esta área de las relaciones amorosas, crear espacios donde las mujeres y los hombres puedan encontrarse ante los desafíos planteados. Utilizar lo bueno de la sociedad actual -como por ejemplo la internet- para abrir canales que generen el encuentro con el otro. Hay una realidad que hay que aceptar pero no por eso conformarse con ella, sino buscar caminos de encuentro en una sociedad donde es más difícil que estos se den si no salimos a las “periferias existenciales” como dice el Papa Francisco.

También es común escuchar frases como “será en el tiempo de Dios” o “cuando Dios quiera”. ¡Cuidado! Negar esto no significa querer pasar por sobre Dios o no reconocer su autoridad, sino resaltar el hecho de que no podemos pasar toda la vida esperando “en el tiempo de Dios”. Dios quiere que actuemos, que le escuchemos y seamos pacientes, pero que seamos personas de acción. No puedes quedarte esperando que esa persona simplemente llegue.

Por eso, infórmate, conoce gente, socializa con otros, forma amistades, participa en grupos de la parroquia. Por supuesto que esto no significa forzar relaciones o situaciones, pero sí estar abierto y buscar activamente el encuentro con el otro. En este sentido también es importante llevar una vida virtuosa y ocuparnos por aprender y mejorar nuestro conocimiento sobre el amor y las enseñanzas tan ricas que la Iglesia ofrece para poder realmente encontrar a esa persona indicada y amarla bien. El cómo será la persona que encontremos, dependerá mucho del estilo de vida que nosotros llevemos y los sitos a los que frecuentemos.

Rezar es importante, pero también lo es el no cerrarse en uno mismo para abrirse a la gracia con hechos concretos. De la misma manera en que tomas tiempo para pasar una hora frente al Santísimo rezando por tu futuro esposo, también tienes que dedicar una hora de tu día a conocer a otras personas o a participar de alguna reunión o charla sobre la temática del amor y las relaciones. Esto es igual de importante porque te estás formando no sólo para encontrar a tu futuro compañero de vida y reconocerlo como el “indicado”, sino para ser la mejor amante cuando estés con él.

Tercer mito falso: Dios pensó en una sola persona para mí en todo el universo

Si Dios pensó sólo en una persona para mí en todo el universo, pase lo que pase de algún modo vendrá a mí porque estamos predestinados a estar juntos. Esta idea tampoco es verdadera, porque nos ubica en una postura pasiva del amor. Esa elección del otro no es responsabilidad de Dios o del destino, sino de nosotros. Por eso, habrá buenos candidatos, pero tu tendrás que escoger a uno entre todos ellos.

Como dice San Juan Pablo II, la elección continúa siendo un misterio de las individualidades humanas. Es decir que no hay una fórmula para elegir al otro, pero lo que sí es seguro es que esa elección debe estar fundamentada en el valor de la persona. Existe una suerte de identificación de ese “algo” en el otro que hace que reconozcamos su valor y queramos entregarnos para siempre a ella para compartir la vida terrenal juntos.

Y eso no significa que la persona será perfecta, porque esa elección debe responder a un acto interiormente madurado en el que es indispensable que el amor se integre en la vida interior de la persona. Por lo tanto, un amor que está concentrado sobre el valor de la persona hace que la amemos tal como es ella verdaderamente: no la idea que nosotros nos hacemos, sino el ser real. Y así, somos capaces de amarla con sus virtudes y sus defectos, y hasta en cierto punto, independientemente de sus virtudes y a pesar de sus defectos.

La medida de semejante amor aparece más claramente en el momento en que el otro comete una falta, cuando sus flaquezas e incluso sus pecados, son innegables. La persona que ama verdaderamente no solamente no le niega su amor en esas situaciones, sino que al contrario, la ama todavía más sin dejar de tener conciencia de sus defectos y de sus faltas, y sin aprobarlas tampoco; pero la ama porque la persona misma no pierde nunca su valor esencial de persona y un amor así, es para siempre.

Muchas de las causas de parejas de novios que se frustran o matrimonios que se separan tienen que ver con esta falta de conocimiento sobre la elección: elecciones que no fueron bien hechas porque no se fundamentaron en el valor de la persona o bien, porque fueron decisiones tomadas con prisa o por otras personas, presiones o factores externos, o porque las vivieron como un hecho que de pronto sucedió sin tener mucha conciencia de ello.

Por eso es importante rechazar estos mitos que son falsos, especialmente cuando se lo incluye a Dios, ya que puede haber una buena intención, pero no una verdad en ello. Y esto no implica apartar a Dios de nuestra vida amorosa, sino todo lo contrario. Es importante que Dios ocupe un lugar central en una relación de amor de pareja, pero no por eso pretender que El venga a decidir por nosotros. Es fundamental tener presente que la elección tiene un valor verdaderamente importante y que al ser nuestra, implica nuestra responsabilidad y accionar en el amor.

 

Publicado originalmente en Mujer católica

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