¡Oh Madre Santísima de la Luz!  ¿Quién te dio un título tan sublime? ¿Quién te llamó con un nombre tan dulce? ¿Quién pudo compendiar así tus privilegios y tus glorias?… ¡Ah! ¡Benditos esos tus labios, que nos enseñaron a pronunciar un nombre tan adecuado a tu grandeza y tan superior a cuanto puede decirte toda criatura!

Es verdad, Señora, que nuestro corazón palpita gozoso cuando te contemplamos como la graciosa Eva que nos ha dado a gustar el fruto de la vida; como la incorruptible arca en donde se salvó del diluvio la dichosa familia de los predestinados; como el brillante arco iris que nos ha anunciado la paz del cielo; como la espléndida estrella que ha disipado nuestras tinieblas; como la risueña y dorada aurora del suspirado día de la gracia; pero no, no queda satisfecho con esto el deseo que tenemos de alabarte, porque eres todavía incomparablemente más hermosa, más digna, más elevada, más excelsa.  En vano apuramos nuestro pobre lenguaje para llamarte cielo animado, en donde resplandecen como estrellas sin ocaso todas las virtudes; luna apacible y bella que derrama por todo el mundo los fulgores de la santidad; paraíso de delicias, en donde está plantado el árbol de la vida; huerto cerrado de eterna primavera e inmarcesibles flores; fuente sellada, serena y cristalina, que jamás ha sido enturbiada por el polvo ni azotada  por el viento; lirio de extremada blancura, bañado siempre del rocío de la gracia; rosa fresca y lozana que no ha perdido su primer aroma; oloroso nardo que perfumó los cielos y la tierra; inocente corderita de vellón de nieve, que alimentó con su leche virginal al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; paloma de la inocencia; amorosa tortolilla; milagro de milagros; la única, la inmaculada, la perfecta, la incomparable y la sin igual en todo lo creado.  ¡Ah! Todo esto nos encanta, nos llena de júbilo, nos hace rebosar de purísima alegría; mas no se aquietan nuestras aspiraciones ni se sacia nuestra alma hasta que te llamamos Madre de Dios,  MADRE SANTÍSIMA DE LA LUZ.

¡Oh nombre más dulce que la miel, más suave que la leche, más regalado que el maná! ¡Oh nombre de melodía gratísima, de irresistible atractivo, de mística y celestial poesía! Madre Santísima de la Luz! He aquí el nombre que lo encierra todo, que lo dice todo… Éste es el nombre que incesantemente repiten en sus cantares los ángeles, los arcángeles y los tronos; éste es el nombre con que se recrean las dominaciones, los principados y las potestades; éste es el nombre que en éxtasis altísimo contemplan las virtudes, los querubines y los serafines; éste es, en fin, el nombre con que el mismo Verbo, Dios de Dios y Luz de Luz, honra a María, cuando con estupor de los cielos la llama ¡Mi Madre!…

Pero ¿Cómo es, ¡oh Reina y Señora de la grandeza!, cómo es que nuestros  labios  impuros se atreven a pronunciar un nombre tan sagrado? ¿Cómo es que nuestra alma no queda deslumbrada y ciega con el resplandor de tanta luz? ¡Oh misterio de amor! ¡Oh arcano de misericordia! ¡Oh abismo de felicidad! Escuchen, cielos y tierra, cuán buena es para nosotros María…

Sí, Madre nuestra, dulzura nuestra, delicia nuestra: mientras los blasfemos herejes crujen sus dientes de furor y rabia cuando articulamos tu augusto nombre; mientras el demonio cae por tierra, derribado como por un rayo, cuando te llamamos Madre de Dios, y sus huestes infernales se deshacen como el humo cuando te proclamamos la Madre de la Luz, nosotros, los venturosos hijos de la Iglesia católica, sentimos almibarada   nuestra lengua, dilatado el corazón, alborozado nuestro pecho y transportado nuestro espíritu y por un sentimiento de filial confianza y de célica complacencia.

¡Oh! ¡Qué grato es pensar y decirse así mismo en esos momentos: La Madre Santísima de la Luz es mi abogada, mi defensora, mi hermana, mi amiga y mi Madre; pero es mi abogada más solícita, mi defensora más constante, mi hermana más cariñosa, mi amiga más leal y mi Madre la más tierna, blanda y afectuosa, amable y amante que yo puedo desear!

¡Ah, sí encantadora María! Tú tienes para mí un corazón de madre que te hace desfallecer de amor y anhelar con todo el ardor de tu alma mi verdadera felicidad.  Tú me velas si estoy dormida; Tú me cuidas si estoy despierta; Tú me sostienes con tu mano si tropiezo, y aun te inclinas a levantarme si caigo por mi culpa.  Tú me curas si estoy enferma, Tú me alegras si me hallo triste; Tú te ocupas de mis negocios cual si fueran tuyos; me escuchas aun antes de invocarte, y aunque me abandonen todos los del mundo, Tú no quieres ni puedes abandonarme.  Si suspiro por Ti en la tierra, mi suspiro hace eco en tus purísimas entrañas; si levanto mis ojos hacia el cielo, Tú desde tu trono me diriges la más ardiente y expresiva mirada; y si te digo que te amo, tú sonríes festiva y me muestras tu corazón amante.

Pues bien, Amor mío; ya que eres tan compasiva y tierna, tan dulce y amorosa, tan accesible y buena, déjame abrirte mi corazón, comunicarte mis secretos, exponerte mis necesidades y entregarme toda en tus manos.  Sí; yo te entrego de la manera más absoluta e irrevocable todo lo que soy y cuanto a mí pertenece: mi cuerpo, mi alma, mi pasado, mi presente, mi porvenir, las circunstancias todas de mi vida y mi destino eterno.

Mas para que aceptes mi ofrenda, ¡oh, Madre de la Luz!, Concédeme  ante todo tu verdadera y sólida devoción.  No estoy contenta con sólo estos sentimientos de ternura que experimento al ver tu soberana Imagen, ni con las tibias oraciones que te dirijo, ni aun con las lágrimas que suelen derramar mis ojos, cuando medito tus bondades; porque, ¡ah! una triste  experiencia que me enseña que muy pronto olvido mis resoluciones, se apaga mi fervor y no reformo mis costumbres.  ¿Qué haces, pues, con una desdichada así de inconstante, ingrata y desleal? ¡Ah, Madre mía! Yo no hallo qué decirte, sino que te dignes, por piedad, robarme el corazón…

Compadécete de mí, Señora: mira que el proceso de mi vida está tan recargado de culpas y pecados, que yo misma que los he cometido me avergüenzo de mi iniquidad.  Defiende, pues mi causa en el tribunal de ti divino Hijo, y siempre que mires sus sacratísimas llagas acuérdate de mi ruego.

Yo te invoco especialmente, Madre Santísima de la Luz, para aquella terrible hora en que mi alma haya de partir de este mundo.  No te separes entonces de mi cabecera; hazme sentir su consoladora presencia; háblame al corazón con palabras que alienten mi esperanza, inflámame en el fuego de la caridad divina; sorpréndeme agradablemente con la vista de tu resplandeciente rostro, y recibe en tus virginales brazos mi pobre alma, para que desde el asilo seguro de tu seno, oiga del Juez supremo la sentencia de mi salvación eterna.

Yo te ruego también por el Santo Padre, por este Instituto religioso que nació bajo tu manto, por mi comunidad… y por toda la Iglesia católica, que, tributándote el debido culto, hace que recorras la redondez de la tierra sentada, como en un carro de fuego, sobre los encendidos corazones de tus fieles.

Vuelve, ¡oh Madre de la Luz!, tus ojos benignísimos hacia este Instituto* del que te has dignado ser la augusta y dignísima Patrona.  Como el águila que abriga con sus alas a sus polluelos, cubre así con tu manto a estas hijas tuyas*, bendícelas con tu propia mano, como bendijiste la Imagen que nos regalaste y que veneramos con toda la efusión de nuestra alma.

Yo pongo, en fin, bajo tu maternal amparo a mis amigos y enemigos, a mis bienhechores y conocidos, a todos mis prójimos, y especialmente a las personas de mi familia, entre quienes deseo, y te ruego me lo concedas, que se transmita de generación a generación, como la más rica herencia, filial amor y ardentísima devoción a Ti, Madre Castísima de la Luz y Madre nuestra.  Amén.

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