Iglesia En sus cuatro años y medio ya de ministerio apostólico petrino, Francisco ha dejado claro que nos hallamos no ante situaciones de crisis propias de una época de cambios, sino ante un cambio de época y de ciclo histórico, que requiere de cristianos que estén en la vida, en la historia, al lado de los hombres y en las situaciones reales en las que ellos están.

En la página 34 de nuestro número de la pasada semana, ofrecimos información y contextualización de la pregunta formulada por el Papa Francisco «¿qué sacerdote quiero ser?». La pregunta nos parece también pertinente formularla en relación con todos los miembros de la Iglesia, pastores, consagrados y fieles, e incluso plantearla como titula este Editorial de ecclesia de hoy: ¿qué Iglesia queremos ser? Y ello, máxime en estas jornadas centrales de la anual campaña misionera del DOMUND.

«¿Qué sacerdote quiero ser? ¿Un “cura de salón”, uno tranquilo y asentado, o un discípulo misionero cuyo corazón arde por el Maestro y por el pueblo de Dios? ¿Uno que se acomoda en su propio bienestar o un discípulo en camino? ¿Un tibio que prefiere la vida tranquila, o un profeta que despierta en el corazón del hombre el deseo de Dios?». ¿Qué laico, que consagrado quiero ser?, ¿hacia qué modelo de Iglesia queremos seguir avanzando?

La constatación de la realidad, con sus serias alertas en materia vocacional, de necesario relevo generacional entre los evangelizadores, de lejanía cada vez más generalizada entre muchos fieles laicos y de secularización progresiva interna y externa, creemos que demandan formularnos sinceramente estas preguntas.

En sus cuatro años y medio ya de ministerio apostólico petrino, Francisco ha dejado claro que nos hallamos no ante situaciones de crisis propias de una época de cambios, sino ante un cambio de época y de ciclo histórico, que requiere de cristianos que estén en la vida, en la historia, al lado de los hombres y en las situaciones reales en las que ellos están. Y que, por ello, seamos Iglesia en salida. Una frase esta que es mucho más que un mero eslogan de usar y tirar y menos aún como arma arrojadiza.

¿Qué es entonces lo que el Papa dice y quiere? ¿Qué Iglesia quiere Francisco? Que todos los miembros de la Iglesia estemos preparados y llevemos la iniciativa ante esta realidad ya descrita y constatada, lo cual demanda de una profunda y evangélica actitud de conversión personal y pastoral. Una renovación, en suma, que encuentra en la condición, en el estilo, en el talante del discípulo su primera premisa. Solo siendo discípulos todos los miembros de la Iglesia –obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- podremos ser auténtica y fecundamente apóstoles. Poner en clave misionera a la Iglesia requiere del discipulado. Ser Iglesia en salida es ser también Iglesia que se renueva constantemente en el Señor.

Y para ser discípulos del único Maestro son precisas actitudes básicas como la escucha, la humildad, la sencillez, el saber esperar, el descubrir que Dios viene en la pequeñez, la gramática de la simplicidad, el no ceder al desaliento, la potenciación de la vida interior y la intimidad con el Señor. Y todo ello, con la brújula de la pertenencia eclesial, de la identidad católica.

Desde la mirada y el corazón del discípulo, todos los miembros de la Iglesia estaremos mejor capacitados para servir y para evangelizar. Y así, desde la creatividad del amor,   desde la cercanía y el encuentro, sepamos salir, renovados y reforzados, a las encrucijadas y a las periferias existenciales de nuestra humanidad, quizás cansada, descreída, desmotivada, desencantada o sencillamente fascinada por otras «luces» y promesas tantas veces, tarde o temprano, ilusorias y vanas.

Para todo ello, el Papa Francisco quiere «una Iglesia esposa, madre, servidora, facilitadora de la fe y no controladora de la fe», una Iglesia bien anclada en Jesucristo y que desde Él evite las tentaciones de la autorreferencialidad, la nostalgia, la utopía, la autocomplacencia, el derrotismo, la búsqueda de la eficiencia y la eficacia como valores supremos en sí mismos.

Desde la clave del discipulado, la conversión pastoral que nuestra Iglesia necesita ante este «cambio de época» se traduce asimismo en mansedumbre, misericordia, paciencia, pobreza, austeridad.  Significa «pastoral de los pequeños pasos» y no anteponer jamás cualquier dimensión administrativa –por importante y necesaria que sea, y lo es, pero en su justa medida- al venero ardiente e inequívocamente pastoral que ha de irrigar toda la acción de la Iglesia.

¿Qué Iglesia queremos ser, sí? ¿de salón, tranquila, asentada, acomodada, tibia? ¿descentrada, ideologizada, sin nutrirse continuamente en las fuentes de la palabra, los sacramentos y la oración, y perdiendo sus señas de identidad? ¡Una Iglesia discípula y misionera, cuyo corazón arde por el Maestro y por el pueblo de Dios!

Fuente: Revista ecclesia

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