Habría bastado que hubiese abrazado el islam para que terminasen sus terribles sufrimientos físicos y morales, en manos de sus captores de Boko Haram. Pero Rebeca, 24 años, nigeriana de Dogon Chuku, es cristiana y no ha querido renegar de su fe.

Lleva en su alma y en su cuerpo la señal de la cruz. Literalmente, la cruz: las muelas rotas de las palizas que le dieron; señales y de los golpes que recibió; el cuerpo debilitado por el hambre y las privaciones; y su seno violado por los islamistas que querían convertirla en esclava sexual.

Y junto a ese calvario casi literal, que le asemeja al Crucificado; otro calvario moral más fuerte todavía que le asemeja a la María, la madre del Crucificado: vió morir a uno de sus hijos. Uno miliciano de Boko Haram: cogió a Jonatán, de apenas un año, y lo lanzó al lago Chad para que muriera ahogado. Y ella lo presenció.

Pero ni apostató de su fe, ni se desesperó. Vivió dos años en medio de brutalidades y vejaciones, separada de su marido, sometida a los guerrilleros de Boko Haram como un objeto de su propiedad, con el miedo permanente a ser asesinada en cualquier momento. Nunca dejó de rezar. Ahora ha podido transmitir su testimonio.

Esta es su increíble odisea.

Rebeca vivía con su marido Bitrus y dos hijos (Zacarías de tres años y Jonatán de uno) en Baga, al norte de Nigeria. Estaba embarazada del tercero. En agosto de 2014, los terroristas de Boko Haram llegaron a su zona y la familia optó por separarse (el padre por un lado y la madre con los hijos por otro), pues los guerrilleros asesinan a los varones y convierte en esclavas sexuales a las mujeres.

El pánico se apoderó de Rebeca cuando vio con sus propios ojos como los guerrilleros asesinaban a gente. “Me caí al suelo y sentí algo terrible” dice recordando el horror.

La joven salió corriendo con sus hijos pero rápidamente fue alcanzada por los terroristas y conducida junto con otras mujeres a un campo de entrenamiento en Maidiguri. Comenzaba entonces un vía crucis que ha durado dos años. Dos años de palizas, vejaciones, trabajos forzados de sol a sol e intentos repetidos de abusos sexuales, a los que Rebeca se resistió.

Lo más cruel de todo fue la pérdida del pequeño Jonatán. Al no poder poseerla, los guerrilleros de Boko Haram le hacía daño donde más dolía. Y en parte por eso le arrebataron al niño y lo tiraron al agua para que se ahogara.

Rebeca también perdió, por un aborto espontáneo, al bebé que esperaba de su marido, debido al sufrimiento y a la debilidad física. Lo que no podía imaginar es que cuando saliera del cautiverio llevaría en sus brazos a otro vástago… fruto de una violación.

Un guerrillero de Boko Haram consiguió poseerla, ayudado por otros tres. Rebeca dio a luz sola y le  puso por nombre Cristóbal.

Todo terminó en 2016, cuando el Ejército acorraló a los guerrilleros de Boko Haram en aquella zona y la joven vio la oportunidad de escapar. Los terroristas reunieron a las prisioneras para abandonar el lugar, pero Rebeca aprovechó el momento de confusión para coger a sus dos hijos, Zacarías y Cristóbal y escapar. Estuvo semanas perdida, sin tener que comer, con el pánico a ser capturada de nuevo. Pero se salvó.

Cuando llegó a su zona se llevó la gran alegría de saber que no había quedado viuda. Bitrus, su marido, vivía, también él había logrado escaparse de sus captores.

Bitrus ha logrado aceptar al hijo que nació de la violación de Rebeca, Ahora viven en un pobre campo de desplazados en Maiduguri junto a otras 25 familias.

La joven nigeriana ha dado su testimonio en España, traida por la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada. Un testimonio de heroísmo que parece sobrehumano. Por qué no está al alcance de cualquier soportar ese calvario sin renegar de la fe; aceptar la llegada de un bebé, fruto de una violación -que en Occidente se “soluciona” con una pildorita-; y además luchar para no albergar odio contra el autor de la violación.

El secreto de Rebeca erala confianza ciega en Cristo. Como ella misma ha contado, cuando le obligaban a renegar de Jesús y hacían que se arrodillara ante la Meca, la chica repetía en su interior: En el nombre de Jesús”; “Te quiero, Señor Jesús”.

Y cuando la forzaban a rezar el rosario musulmán, en cada cuenta ella repetía un Avemaría a la Virgen.

Sin la fe, Rebeca hubiera cedido a la primera o hubiera caído en la desesperación. Ahora dice que, a pesar de estos dos años de sufrimientos, “es feliz”.

Sigue habiendo mártires en el siglo XXI. Como los de Oriente Medio, o Egipto, o Nigeria. Como Rebeca, testigo de Cristo en medio del horror y la brutalidad. Quizá por eso el pequeño que nació tras la violación se llama “portador de Cristo” (Christopher).

 

Rebeca ha concedido una entrevista a la cadena COPE que puede oir aquí.

Fuente: Actuall

Comparte:

About Author