Hace unos días, por su cumpleaños, la madrina de mi hija le regaló una bicicleta. Como es evidente, el plan del sábado fue salir al parque a enseñarle a montar.

Así que salimos los tres en un exclusivo momento para ella: papá agarraba la bici por el timón, mamá con cámara de fotos, video y todo para registrar el momento, y la hija sobre la bicicleta que, muy emocionada por tan memorable momento, NO PARABA DE HABLAR MIRANDO A SU PAPÁ…

Y le hablaba sin descanso, contándole todos los planes que tenía con la bicicleta, lo que había comido la última semana, lo que seguramente pensaba comer la siguiente…. Todo esto mirándolo feliz de la vida. No paró de hablar todo el camino, por más que le repetí quinientas veces: ¡Mira adelante!, ¡Concéntrate en el camino!, ¡Endereza el timón!… Frases que se las llevaba el viento mientras mi esposo volteaba a mirarme con cara de “no puedo creer cuánto habla”, mientras hacía fuerza para que la bici vaya derecha.

Por supuesto el video no registró ningún avance significativo en cuanto a las habilidades ciclistas de mi hija, pero me hizo pensar en el momento padre-hija del que fui testigo . Y aquí comparto algunas reflexiones con ustedes.

Alguna vez escuché a alguien decir –a propósito de la vida matrimonial– algo así (las cifras son referenciales): Las mujeres usan un promedio de 10 mil palabras al día; los hombres un promedio de 1,500; las cuales en su gran mayoría son gastadas en el trabajo. Es por eso que cuando llegan a la casa les quedan solo unas cuantas, como: “Hola”, “Me fue bien”, “¿Qué hay de comer?”, ¿Quién hizo esto mal?” y “¿Dónde guardaron el control remoto?”. Mientras que a las mujeres nos quedan unas 7 mil que no logramos utilizar en las primeras 14 horas del día y que queremos compartir con ellos a como dé lugar. Y claro, frente a las 100 restantes que ellos tienen, el diálogo se ve frustrado entre los dos.

Esta situación se agrava si es que hay una hija (o varias) en la casa. El pobre hombre llega con su repertorio de 100 palabras que debe utilizar para sobrevivir el resto del día, y se encuentra con estas 7 mil palabras por personita (aparte de las de la mujer)….  ¿Les parece conocida la escena?

Aquí es donde viene el tema principal de esta nota que va dirigida principalmente a los papás: ¡Hablen con sus hijas! Así les cueste la vida y tengan que recargar su reportorio a una hora difícil para ustedes. ¿Por qué es tan importante? En su libro Padres fuertes, hijas felices, la doctora Meg Meeker lo dice bien claro: “Cuando ella habla quiere que usted le conteste. Su hija es sensible, no solamente consigo misma sino también con los demás; y siempre se está preguntando: “¿Le gustará que esté con él?, ¿Está callado porque estará pensando en algo? ¿Estará enfadado? ¿Estará deprimido?”. Ella quiere que usted sea feliz porque de ese modo su vida será mejor”.

Los papás tienen que entender (si no lo han hecho aún con sus esposas) que las mujeres somos diferentes. Nosotras no podemos ver un partido de fútbol 90 minutos sin comentar todo lo que vemos, cosa que no pasa si ven el partido con su hijo. Es por eso que deben ser más conscientes a la hora de estar con sus hijas. “Es necesario que usted sea rápido”, dice la autora. “Reflexione sobre el carácter de su hija; elogie sus mayores virtudes; háblele de su sensibilidad, de su compasión o de su valor. Su hija dibujará un cuadro en su mente de cómo la ve usted, y de la persona que querrá ser”.

Para colmo del estrés, no sólo basta con que hable con ella. Igual que con la esposa hay que saber cómo se dicen las cosas (sí, somos complicadas ¿y qué?). Muchas veces los papás hacen comentarios inocentes que pueden lastimar a las hija. “Si usted comenta su peso, su físico, su capacidad deportiva o sus logros académicos, ella centrará tales comentarios en su “yo externo”, y se preocupará por retener su cariño por medio de esos logros y de ese físico. Pero su hija prefiere que la admire por sus cualidades profundas e intrínsecas. (…) En vez de decir “te quiero porque eres muy guapa”, dígale que la quiere porque no hay nadie en el mundo como ella”.

Y para terminar, no se olviden de decirle que la quieren mucho cada vez que puedan. Cuando son chiquitas, es más fácil. Pero mientras más crecen, más necesitan escuchar esas palabras. Así que deben esforzarse en decírselo todo el tiempo. “Cuando una hija oye decir “te quiero” a su padre, se siente completa”, dice la doctora Meeker.

Así que papis, ya sé que luego de leer esta nota se van a sentir un poco abrumados. Pero recuerden que todo aquel que ha sido bendecido con una hija en su vida tiene que corresponder a esa suerte con un poco más de esfuerzo que el que no tiene esa dicha. Porque la felicidad de su hija depende muchísimo del rol que cumpla el papá en su vida.

Y no se preocupen, que seguiré posteando más sobre este tema para que sigan aprendiendo. Estén atentos.

Fuente: La Mamá Oca

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