La ausencia de límites puede tener consecuencias desagradables para la educación de los niños.

Muchos padres y educadores nos enfrentamos a un reto importante a la hora de educar a los niños: ¿qué límites les ponemos? Los niños no tienen la misma conciencia que nosotros a la hora de actuar, y por ello es nuestra labor establecer una serie de pautas que deben conocer para saber cuándo están actuando mal. El objetivo es que el niño aprenda por sí mismo lo que está bien y lo que no, utilizando para ello diversos mecanismos que no tienen por qué basarse siempre en un castigo.

 Si aplazamos los momentos de establecer los límites, obtendremos los resultados de forma más lenta y costosa. Podemos mostrar a tiempo y  con cariño las pautas para un buen comportamiento.

¿Qué son los límites?

Los límites son las prohibiciones que les ponemos a los niños. Son imprescindibles para su desarrollo y evolución, ya que les aportan seguridad y protección.

Cuando decimos ‘no’ a los niños  en determinadas ocasiones, le estamos provocando pequeñas frustraciones necesarias para que, poco a poco, pueda renunciar a sus deseos o sepa encajar fallos y decepciones de la vida cotidiana.

Si los niños no han tenido nunca frustraciones, no sabrá encajarlas, no podrá reaccionar ante ellas y su autoestima se verá afectada, ya que creerá que no sirve para realizar esa tarea o conseguir ese regalo. Por ello, es muy beneficioso negarle pequeñas cosas y que no siempre lo consiga todo.

 Cómo debemos poner los límites y las normas

Las normas que pongamos deben ser pocas y claras. No podemos estar siempre diciéndoles que no a todo y además, debemos asegurarnos de que las entienden, o difícilmente las cumplirán. Hay que ser constantes con las normas y consecuentes con las decisiones tomadas: las órdenes que nunca se cumplen, los castigos que olvidamos, etc. provocan una pérdida de autoridad y le confunden.

 Es muy beneficioso felicitar al niño siempre que se lo merezca, especialmente si ha cumplido una norma nueva o un límite que le cuesta asumir. Así le daremos confianza en sí mismo, y comprobará lo felices que nos sentimos al portarse bien.

Ser cariñosos pero firmes es importante. Que los queramos no implica que les dejemos hacer lo que quieran o, por el contrario, debamos ser excesivamente estrictos. Buscar soluciones, sanciones y recompensas adaptadas a lo acontecido ayudarán a evitar confusiones en el niño: no podemos regañarle igual si ha pegado a otro chico que si ha tirado el vaso de leche al suelo.

Resultados que obtendremos

Si comenzamos a establecer límites desde casi el nacimiento del niño, conseguiremos que tenga claro qué puede hacer y qué no, que se sienta protegido por sus padres, que tenga un buen nivel de autoestima, que sea autónomo -ya que podrá realizar tareas ajustadas a su momento evolutivo-, etc. En definitiva, estaremos ayudando a que crezca y tenga un desarrollo adecuado a su edad.

 Si, por el contrario, hemos comenzado tarde, conseguiremos el mismo resultado, pero tardaremos bastante más en cumplirlo. Ya no se tratará sólo de transmitir unas normas e ir revisándolas y adaptándolas a su edad, sino que estamos intentando modificar conductas no deseadas, aceptando unas normas nuevas que chocan mucho con el modelo educativo que estaba recibiendo antes.

 Ya hemos visto que es primordial para el niño que existan unas normas claras en su educación para un óptimo desarrollo, pero también conseguiremos un hogar más estructurado y con mayor calma. Ya no habrá rabietas, aunque siempre tendremos oposiciones, ya que los niños consiguen así la independencia con los padres. Iremos eliminando los malos modales y podremos disfrutar más y mejor el tiempo diario que pasamos con nuestros niños.

Karla Sánchez

 

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