La joven Nicole W. Cooney estaba feliz de poder viajar al hogar paterno para celebrar su ascenso a teniente del ejército de los Estados Unidos. Fue en aquél vuelo donde conoció a quien luego sería su novio.


Como ella, él también era de familia cristiana y no puso reparos -recuerda Nicole en un extenso testimonio publicado en el blog Salvar el 1– cuando le advirtió respecto a que deseaba llegar virgen al matrimonio.
La joven jamás imaginó que algunas semanas después sería drogada y violada por su propio novio. Cuando comprobó que estaba embarazada, no menos desolador fue escuchar luego a la pastora de su Iglesia argumentando para decirle: “en tu caso, creo que debes abortar. Debes dejar esto atrás”, denuncia Nicole en su libro Into the Light.
Sus padres dejaron en sus manos la decisión, preocupándose solo de llevarla a un control médico. Allí también el ginecólogo se permitió recomendarle matar al bebé. “Mi corazón comenzó a romperse cuando la puerta se cerró lentamente. Sentí que no tenía otra opción”. Y abortó.
Hoy Nicole tiene un nombre para ese hijo: Matthew. Está casada, tiene cuatro hijos vivos, vive en Virginia (USA) y a cualquier mujer que esté pensando en abortar le advierte que –por su propia experiencia– este acto no es solo una barbarie contra el bebé indefenso, sino también contra la propia mujer. Así lo argumenta ella misma en los siguientes párrafos y video al final…
El aborto daña a las víctimas de violación; nunca les ayuda. La mejor opción para la madre que ha concebido en una violación es continuar el embarazo, rodeada de familiares y amigos con el apoyo de un centro de recursos para el embarazo.
Después del aborto, supe que hay algo peor que ser violada. Experimenté el aborto como si hubiera sido violada de nuevo, sólo que peor, porque esta vez, había consentido el asalto. En ambos casos, los hombres me agredieron físicamente. El segundo trauma, el aborto, me afectó emocionalmente y me colocó al borde del abismo.
Pasaron cuatro años para recorrer el lento camino de sanación en Cristo. Si no hubiera sido por el maravilloso marido que Dios me envió, no sé cómo estaría aquí hoy. Él me dijo desde el principio: “Te amo, pero lo que hiciste estuvo mal”. Esa grieta en mi corazón me ayudó años más tarde, después del nacimiento de nuestro primer hijo, John, para finalmente ver la verdad. Rompió mi corazón. Pero, necesitaba romperse… para que Dios pudiera volver a recomponerlo.
El dolor de abortar a mi hijo Matthew es el mayor remordimiento de mi vida. Me destrozó. El aborto obliga a una madre a volverse contra su propia carne y sangre. Es autodestructivo como ningún otro trauma: las cicatrices son profundas. La violación también es traumática, sin dudas. Pero complicar el trauma de la violación con el segundo trauma del aborto está contraindicado”.

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