Decía el beato Pablo VI que la Iglesia está necesitada de un Pentecostés permanente. Necesita fuego en el corazón y profecía en los labios. Así es desde sus orígenes: fuego que abrasa los corazones de los hombres y profecía en los labios para proclamar el evangelio de Jesucristo a todos los pueblos.

La Iglesia se manifiesta públicamente en Pentecostés, cuando el grupo apostólico, con María, recibe el bautismo de fuego prometido por Jesús. En ese momento son investidos del poder espiritual de Cristo para continuar su obra y llamar a los hombres a formar parte del Pueblo de Dios que camina en la historia.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra el acontecimiento de Pentecostés con todo detalle y se presenta Jerusalén como el lugar donde se ha reunido la totalidad de los pueblos conocidos, para indicar la unidad del género humano llamado a recibir el evangelio de Cristo. Es el fenómeno opuesto al que tuvo lugar en Babel. Allí, Dios castigó la soberbia del género humano, que pretendía escalar el cielo edificando una gran torre, confundiendo las lenguas, de modo que se rompió la unidad. En Jerusalén, sucede lo contrario. Dice san Lucas que todos entendían a los apóstoles en su propia lengua cuando les hablaban de las maravillas de Dios. Pentecostés representa la unidad de la Iglesia en la que tienen cabida todos los pueblos de la tierra. La salvación de Cristo se hace universal. Eso significa la palabra católica.

El Espíritu es el autor de esta unidad recuperada del género humano. Quien lee el libro de los Hechos de los Apóstoles se da cuenta de que el protagonista fundamental es el Espíritu, que se sirve de los apóstoles para extender el evangelio. También hoy el Espíritu es el artífice de la evangelización en la medida en que nos dejamos conducir por él y ser dóciles a su acción. Por eso, el Papa Francisco termina su encíclica Evangelii Gaudium con un capítulo titulado Evangelizadores con Espíritu. Es el Espíritu quien conduce a san Pablo de un lugar a otro y le empuja a fundar las primeras comunidades cristianas. Se ha dicho que el Espíritu es el admirable constructor de la Iglesia, porque sin él, como ocurrió en la creación del mundo, todo es un caos informe. El Espíritu pone orden, purifica, alienta, consuela, fortalece. Es el alma de la Iglesia que reparte los dones y carismas para que se edifique según la voluntad de Dios.

El Papa Francisco ha utilizado una expresión para hablar de este dinamismo del Espíritu: Iglesia en salida. El día de Pentecostés, el Espíritu abrió las puertas que encerraban a los apóstoles en el miedo y la cobardía, y les hizo salir a la calle a predicar el evangelio de Cristo. Sacó a Pedro de la prisión, rompiendo sus cadenas, para que continuara su obra misionera. Hoy también el Espíritu es el que impulsa la misión y, si somos dóciles, nos convierte en discípulos misionerospara convocar a todos los hombres a la Iglesia de Cristo. Por eso, la actitud fundamental del cristiano es la docilidad al Espíritu, que nos ayuda a descubrir los signos de la presencia de Dios en el mundo y secundar su obra. En este tiempo de Pascua y Pentecostés, el Obispo administra el sacramento de la confirmación, que constituye a quienes lo reciben en apóstoles de Cristo, que se comprometen, como dice el Concilio Vaticano II, a defender y difundir la fe. La Iglesia vive del Espíritu. Cuando se aleja de él, se convierte en un cuerpo muerto, incapaz de evangelizar. Se cierra en sí misma, llena de miedo y cobardía. Se hace estéril e irrelevante en la sociedad. Pidamos al Señor vivir siempre en un Pentecostés permanente para ser misioneros ardientes y profetas de la verdad evangélica.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Revista Ecclesia

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