Es un tópico conocido lo importantes que son los primeros años de infancia para un desarrollo saludable de la persona humana en lo físico, lo psicológico, lo social.

Pero la inteligencia emocional y la racional tarde o temprano presentan debilidades, si la persona no ha vivido una auténtica experiencia de Dios. Sin una “Inteligencia Espiritual” que sostenga y de su sentido a las otras “inteligencias”, la persona pierde su potencial, fracasa.

Esto es lo que padeció January Donovan. Creció en una familia cariñosa, protectora, que le dio todo aquello que requería para un desarrollo físico, emocional e intelectual. Pero eran católicos como ella dice, “sólo por una cuestión cultural”. La fe no había permeado el alma.

Cuando con 11 años de edad emigró a Estados Unidos, la nueva cultura la domesticó y las transformaciones de su adolescencia llegarían a complicar aún más su vida. “De repente como adolescente tienes delante muchas decisiones y me lancé a la cultura americana donde existe abundancia de opciones extremas”…

A los catorce años, ya en la secundaria -cuenta January en un video testimonial registrado por HM TV-, al igual que el común de otras adolescentes, “estás preocupada de lo que piensan los otros, de tu apariencia, de los chicos. Te preocupas de muchas cosas que realmente no son importantes”.

También fue normal que por entonces tuviera su primer novio quien era, dice, “un chico agradable” con quien se divertían mucho. ¿Sexo? Era parte del ser novios, no se lo cuestionaba… “Sabía que el sexo era algo que todo el mundo estaba haciendo”, recuerda January.

Vivía así todo aquello que su cultura mostraba como normal para una chica americana. Pero, sin poder entenderlo, su relación la incomodaba de cierta forma. “No sabía por qué sentía eso. No sabía por qué era el vacío. Nunca pensé que podía ser (la ausencia de) Dios. Porque Dios no está en tu radar cuando estás en el Instituto”.

Hoy, está segura que “Dios siempre estaba tiernamente cerca”, aunque para su pesar por entonces ella no supo verlo. Agotada de la relación con su novio que ya duraba casi tres años había decidido terminarla y justo en ese proceso descubrió que estaba embarazada. “Tenía 16, 17 años. Fue un shock total… quedar embarazada nunca pasó por mi mente”.

La oscura verdad del aborto

Llena de temor, no se atrevía a confiarse en sus padres. Ellos además estaban por esos días padeciendo una crisis familiar por falta de trabajo. Pero buscó ayuda en la “orientadora” de su Instituto. “¿Qué hago?” La respuesta vino inmediata. Le envió a una clínica abortiva. January sentía que estaba atrapada -“pero era demasiado para procesar”- y el mundo le ofrecía un solo camino…

“Si no tienes fe pasas por un montón de emociones y no sabes por qué te sientes culpable, sólo sabes que hay algo que está mal. Me acuerdo muy bien de estar en mi cama, llorando, sabiendo que al día siguiente sería el aborto. Sin saber cómo era todo el proceso del aborto entré en la clínica y estuve llorando todo el rato. Y nunca se lo dije a nadie. Cuando tienes un aborto es una experiencia tan vergonzosa. No es algo que compartes con tus amigos o familia. Creo que sólo se lo dije a una amiga y a mi novio. Era como mi decisión”.

Al salir de la clínica, estando sola, caminando sin saber a dónde ir, January recuerda haberse sentido como muerta. “Yo morí con mi bebé”, señala. Las semanas siguientes se dejó llevar, pasando los días casi por inercia. Se sentía como como una marioneta, pues deseaba terminar la relación con su novio, decir basta, pero no se atrevía. Así, pocos meses después estaba nuevamente embarazada. “Yo no quería sentir nada, no podía sentir nada. La verdad es que yo quería morir y pasé por mi segundo aborto”.

Tras ese nuevo acto, January dejó la relación con su novio y también cortó vínculos con la mayoría de sus amistades. “Me culpabilicé y me volví insensible. No quería tener nada que ver con aquello (que había hecho), no quería hablarlo”.

Amada en el Santísimo Sacramento

Este segundo aborto había sido en febrero y una amiga que logró romper las resistencias de January, le invitó a ir juntas para un retiro que se daría el primer fin de semana de marzo. Sobre lo que desde ese momento ocurrió es ella misma quien nos narra la impresionante transformación que ha vivido…

“Fui sin saber de qué se trataba. Mi conversión aconteció delante del Santísimo Sacramento. En ese momento no tenía palabras. Experimenté a Nuestro Señor de una manera tal, que mi mente no tenía que entender. Esto fue el principio de una nueva vida. En mi peor momento yo encontré la vida. En mi propia cruz encontré la resurrección a la misericordia de Dios… En ese mismo retiro conocí al padre Dan. Él que llegaría a ser mi director espiritual, me invitó a la Adoración todos los domingos. Estaba a una hora y cuarto de mi casa e intelectualmente no tenía mucha idea de qué era la Adoración. Pero al entrar sabía que estaba en casa, estaba a salvo y yo era amada. El primer año estando tan rota fue doloroso. Porque para entrar a Dios tenía que romper en muchos trozos la dureza de mi corazón. En mis heridas tenía que ir a Dios y es un regalo. Mi cruz comenzó a ser mi brújula hacia la esperanza”.

Padre Dan le habló de ingresar a estudiar teología en la Universidad Franciscana de Steubenville y January se reía, pues ella tenía una beca e intenciones de estudiar economía en Indiana. Pero finalmente se quedó en Steubenville. Los cuatro años que vivió allí, en la vida de January no hubo novios u otra cosa que ocupara su alma sino sólo Dios y los estudios de teología.

Ser mujer según el querer de Dios

“Me encanta mi relación con Dios soy muy clara con Él y Él lo es conmigo”, comenta para explicar que la Universidad fue un tiempo volcada a la oración, vida sacramental, momentos de Adoración Eucarística y obediente escucha de su director espiritual. Gustaba la alegría del amor en celibato y castidad.

Así fue sanando y descubriendo a la par, dice, “lo que significaba ser mujer… porque recibimos nuestra dignidad a través de nuestra relación personal con Cristo”, declara. Sobre este punto recuerda el Salmo 37 que, en su versículo número 4, dice: “Confía en el Señor y Él te dará lo que desea tu corazón”. Y comenta: “Creo que los deseos de nuestro corazón tienen mucho que ver con el cumplimiento de nuestra finalidad. Pero todo esto tenemos que verlo con Dios, estar con Dios y escucharle. Creo que nunca somos tan felices como cuando vivimos el proyecto que Dios tiene para nuestra vida”.
Luego de vivir su proceso de conversión January conoció a Ryan quien es hoy su esposo y padre de los cuatro hijos, y un quinto que viene en camino, confiados por Dios al cuidado de ambos.
“Ahora, mirando hacia atrás veo que Dios nunca me dejó y me amó aún durante las decisiones más dolorosas. Ahora lo entiendo de una manera muy profunda, como madre, pues nada de lo que pudieran hacer mis hijos podría provocar que yo los deje de amar”, concluye.

Fuente: PORTALUZ

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