Unos meses antes de su muerte, Teresa escribió su poema “¿Por qué Te amo? ¡oh María! “Ella expresa lo que piensa de la Virgen María. Ella nos invita a dirigir a la Madre de Dios y Madre nuestra meditando su vida en el Evangelio revela la profundidad y con discreción.

A lo largo del poema, también se puede meditar sobre los textos evangélicos a los que Teresa ha aludido. Después de que el poema, se encuentra una pequeña nota para oír mejor lo que Teresa nos quiere decir.

POR QUE TE AMO, MARÍA

Santa Teresa de Lisieux

1 Cantar, Madre, quisiera

por qué te amo .

Por qué tu dulce nombre

me hace saltar de gozo  el corazón,

y por qué el pensamiento de tu suma grandeza

a mi alma no puede inspirarle temor.

Si yo te contemplase en tu sublime gloria,

muy más brillante sola

que la gloria de todos los elegidos juntos,

no podría creer que soy tu hija,

María, en tu presencia bajaría los ojos…

2 Para que una hija pueda a su madre querer,

es necesario que ésta sepa llorar con ella,

que con ella comparta sus penas y dolores.

¡Oh dulce Reina mía,

cuántas y amargas lágrimas lloraste en el destierro

para ganar mi corazón, ¡oh Reina!

Meditando tu vida

tal como la describe el Evangelio,

yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti.

No me cuesta creer que soy tu hija,

cuando veo que mueres,

cuando veo que sufres

como yo <2>.

3 Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre

de un Dios que ha de reinar eternamente,

veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!,

el tesoro inefable de la virginidad.

Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen,

le sea a Dios más grata

que su propia morada de los cielos.

Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,

contenga a mi Jesús, océano de amor <3>.

4 Te amo cuando proclamas

que eres la siervecilla del Señor,

del Señor a quien tú con tu humildad cautivas.

Esta es la gran virtud que te hace omnipotente

y a tu corazón lleva la Santa Trinidad.

Entonces el Espíritu, Espíritu de amor,

te cubre con su sombra,

y el Hijo, igual al Padre,

se encarna en ti…

¡Muchos habrán de ser

sus hermanos

pecadores

para que se le llame: Jesús, tu primogénito!

5 María, tú lo sabes: como tú,

no obstante ser pequeña, poseo y tengo en mí

al Todopoderoso.

Mas no me asuste mi gran debilidad,

pues todo los tesoros de la madre

son también de la hija,

y yo soy hija tuya, Madre mía querida.

¡Acaso no son mías tus virtudes

y tu amor también mío?

Así, cuando la pura y blanca Hostia

baja a mi corazón,

tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando

en ti misma, María.

6 Tú me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!,

que no me es imposible caminar tras tus huellas.

Nos hiciste visible

el estrecho camino que va al cielo

con la constante práctica de virtudes humildes.

Imitándote a ti,

permanecer pequeña es mi deseo,

veo cuán vanas son las riquezas terrenas.

Al verte ir presurosa a tu prima Isabel,

de ti aprendo, María,

a practicar la caridad ardiente.

7 En casa de Isabel escucho, de rodillas,

el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!,

que de tu corazón brota exaltado <5>.

Me enseñas a cantar los loores divinos,

a gloriarme en Jesús, mi Salvador.

Tus palabras de amor son las místicas rosas

que envolverán en su perfume vivo <6>

a los siglos futuros.

En ti el Omnipotente obró sus maravillas,

yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.

8 A san José, que ignora

el milagro asombroso

que en tu humildad <7> quisieras ocultar,

tú le dejas llorar cerca del tabernáculo

donde se oculta y vela

la divina beldad del Salvador.

¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio!

Es para mí un concierto muy dulce y melodioso,

que canta a mis oídos la grandeza,

y hasta la omnipotencia,

de un alma que su auxilio sólo del cielo espera…

9 Luego, en Belén, os veo, ¡oh María y José!,

rechazados por todos.

Nadie quiere acoger en su posada

a dos pobres y humildes forasteros.

¡Sólo para los grandes tienen sitio…!

Y en un establo mísero, rudo y destartalado,

tiene que dar a luz la Reina de los cielos

a su Hijo Dios.

¡Madre del Salvador,

qué amable me pareces, qué grande me pareces

en tan pobre lugar!

10 Cuando veo al Eterno en vuelto en los pañales

y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,

¿podría yo, María, en ese instante,

envidiar a los ángeles?

¡Su Señor adorable es mi hermano querido!

¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra ribera

abres para nosotros esa divina Flor!

¡Cómo te amo, Virgen, cuando escuchas

a los simples pastores, y a los magos,

y guardas y meditas todo eso

dentro del corazón!

11 Te amo cuando te mezclas con las demás mujeres

que dirigen sus pasos al templo del Señor.

Te amo cuando presentas al Niño que nos salva

al venerable anciano que le toma en sus brazos.

Al principio yo escucho sonriendo

su cántico, mas pronto sus acentos

hacen correr mis lágrimas.

Hundiendo en el futuro su mirada profética,

Simeón te presenta la espada del dolor.

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

Fuente: Caminando con María

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