Una de las pruebas de que nuestra vida de oración va por buen camino es el progreso en la virtud. Si nos vamos pareciendo más a Jesucristo, pensando más como Él, actuando como Él, entonces se puede afirmar que hay progreso en la oración.

El progreso en la oración se demuestra en el progreso en la virtud: en ser más como Cristo. Cuando el Espíritu Santo obra en una persona, el resultado es la transformación en Cristo: “Ya no yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)

María y el misterio de la encarnación del Verbo

¿De dónde le vino tal fecundidad a la Virgen María si era un ser humano como nosotros? ¿Cuál fue su secreto?

En la Anunciación, María se abre al Espíritu Santo y el fruto es Jesús. «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1, 38) María se ofrece, se presta, para que el Espíritu Santo la llene y obre en ella y a través de ella.

María es prototipo del ser humano: creatura capaz de Dios. Cuando el hombre pone en acto esta asombrosa capacidad y deja que la fuerza del Espíritu Santo irrumpa con toda su potencia, se despliega su asombrosa fecundidad. «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (GS 19,1).

“Pero esta “unión íntima y vital con Dios” (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).” (Catecismo 29)

Un secreto: NECESITAMOS al Espíritu Santo en la oración

“El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad (…); el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Rom 8,26) Su presencia es viva y eficaz, es una Persona que trabaja y trabaja siempre en nuestra alma. Es el Espíritu Santo quien nos hace fecundos, es Él quien nos muestra el camino, nos conduce, nos acompaña, nos da fuerza. Imagino a María con un manto rojo, abrazada por su esposo: el Espíritu Santo. Su amor se presenta en forma de pregunta; lo que Él espera de nosotros es acogida y correspondencia.

Creo que estas fotos pueden ayudarnos a visualizar el don del Espíritu y la acogida por parte del orante. Son de la ermita del Sagrado Corazón que construimos en Chilapa, Veracruz.

Al centro de la plaza se encuentra un pozo, evoca el Pozo de Sicar, donde Jesús encontró a la mujer samaritana. Como en un manantial, el agua se desborda; es la sobreabundancia de la misericordia de Dios que se desborda: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5,5)

El pozo tiene formas femeninas para expresar la delicadeza y el amor maternal con que Dios nos dona su Espíritu. Continuamente nos hace depositarios de su amor eterno, como la madre que jamás se cansa de dar amor a sus hijos, aunque no sea correspondida.

Las conchas representan al hombre de oración que acoge el don del amor de Dios, se llena en la contemplación, hasta que se desborda y comparte lo que ha visto y oído en su encuentro personal con Dios.

Arriba de la puerta encontramos el Sagrado Corazón, que nos habla del amor sin límites con que nos ama Jesucristo. El Corazón está suspendido en el aire: se ofrece, no se impone; mendiga atención y acogida. La concha que lo rodea es el corazón humano, hecho por Dios con capacidad de acogida, que libremente debe abrazar el amor de Dios y vivir en comunión con Él.

La Energía divina y la Energía humana

A la luz de todo esto y ahora que acabamos de celebrar la solemnidad de la Anunciación les comparto uno de mis textos preferidos; es de Jean Corbon.  

“Formada por el Espíritu, ella ve, sin saberlo, que la actividad más fecunda del hombre es ser capaz de Dios. De modo que la humilde sierva puede responder al anuncio con todo su  ser, mediante la Palabra misma de su Señor: «Hágase» (Lc 1, 38 y Gn 1, 3).

María dice sí, y el Espíritu sobreviene y une el Verbo y el Sí, la Energía divina y la Energía humana, el Don y la Acogida. El Espíritu del Padre es el Artífice de esta alianza, finalmente consumada, entre el Verbo y la carne.

En adelante, todo lo que es carne queda impregnado de la Energía del Amor. Cuando el río de la Vida se une a la Energía de la Acogida, toma nombre; al fin, el Nombre con el que el Padre se dice y nos dice a su Hijo: JESÚS. Entonces ¡irrumpe la alegría! La fuente está ahí, todavía escondida en la kénosis, pero ha nacido. La llegada del Misterio eterno sacude y abre nuestro tiempo mortal; el poder del Don del Espíritu de Amor y la potencia de la Acogida de la pobre de Yahvé lo llenan: se llenará de Aquel «en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad». Esto es, en efecto, la «Plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4): el cumplimiento de la espera del tiempo de la promesa, la entrada de la Presencia de Dios «en el país del olvido» (Sal 88, 13), la irrupción del Día en la oscuridad de nuestra noche, la venida del río de la Vida en el desierto de nuestra muerte. Y esta Plenitud es Jesús, no ya palabras del Verbo, sino en Persona el Verbo del Padre, no ya una ley exterior al hombre, sino la Gracia que nace en nuestra humanidad de quien es la «llena de gracia» (Lc 1, 28).” (Jean Corbon, Liturgia fontal)

La oración es don y acogida

Así se resume la historia de todo orante en su relación con Dios: Don-acogida-correspondencia. El don del amor de Dios que se nos da, la acogida del corazón humano que se abre, lo abraza y corresponde al amor. Creo que esta es la dinámica esencial de toda buena oración: recibir al Amor y amarle. Cuando nos abrimos brilla la Luz. Cuando nos cerramos con soberbia autosuficiente, es el reino de las tinieblas.

El secreto de la Virgen María es su alianza con el Espíritu Santo. Que Dios nos conceda a todos ser de corazón abierto como María y que así el Espíritu Santo nos vaya transformando según la imagen de Cristo.

“Contemplando la gloria del Señor, nos transformaremos en la misma imagen de claridad en claridad.” (2 Co 2,18)

Publicado originalmente en La oración

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