Cuando San Juan Bosco tuvo el primero de sus 159 sueños proféticos, oyó que Jesucristo le decía: “Debes hacer a la gente una charla acerca de la fealdad del pecado”.

También a nosotros nos diría Jesús el mismo consejo si hoy se nos apareciera, porque este es un tema de vital importancia. El mundo está repleto de gente con lepra en el alma, o como dice el Apocalipsis “con nombre de vivos pero están muertos” (Ap 3).

¿Pero por qué es tan malo, perjudicial y peligroso el pecado?

Por muchísimas razones. He aquí algunas:

1.- El pecado es una ingratitud hacia nuestro Creador.

Él Señor nos dice por medio de Isaías:

“Planté una vid. La regué, la aboné, la cuidé, y vine a buscar en ella frutos dulces y sólo encontré frutos amargos. Oh vosotros los que pasais por el camino: venid y haced de jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más podría yo haber hecho por mi viña que no lo haya hecho? ¿Y entonces por qué en vez de producirme frutos dulces me los produjo amargos?” (Isaías 5)

El Padre Dios nos ha creado y no ha dado tantísimos favores como por ejemplo la salud, la familia, la inteligencia, la alimentación. El Hijo ha muerto por nuestra salvación, nos ha dejado sus maravillosas enseñanzas y cada día ruega por nosotros.

El Espíritu nos asiste, nos defiende e ilumina, etc. ¿Y nosotros, en cambio, le respondemos al Señor desobedeciéndole y ofendiéndole? El pecado es una negra ingratitud hacia el mejor de los benefactores que es Dios.

2.- El pecado debilita el espíritu y lo inclina hacia el mal.

Es como una escalera para descender a nuevos pecados. Debilita la resistencia hacia el mal, y éste va tomando, poco a poco, las fortalezas de nuestra personalidad. Un gran filósofo decía:

“A ninguna cosa le debe tener tanto miedo una persona como a adquirir una mala costumbre”.

Y lo grave del pecado es que va “acostumbrando” al espíritu a obrar el mal. Cada pecado produce más facilidad para cometer el siguiente.

3.- El pecado endurece la conciencia.

Cuando uno tiene que dormir junto a un taller mecánico donde martillean, o junto a una estación donde las locomotoras resoplan violentamente, la primera noche no logra dormir.

La segunda noche ya duerme un poco, y al mes ya duerme toda la noche como si no hicieran ruido. El oído se le acostumbró. Así pasa con la conciencia.

Cuando el pecado se va repitiendo, la conciencia se va durmiendo y deja ya de remorder.

Las enfermedades más peligrosas son las que no duelen. Por ejemplo, la tuberculosis o el cáncer, que en sus comienzos no producen dolores. Y ahí está su mayor peligro; porque como no causan dolores no las detectamos o rechazamos a tiempo.

¡Ay de quien peca y sigue sin sentir grave tristeza de haber ofendido al Señor! Y esto le puede suceder a quien va repitiendo pecados. Se adormece su conciencia y se vuelve insensible y el pecado corroe el alma sin que ésta se dé cuenta.

4.- El pecado afea el alma.

Ah, si supiéramos como es nuestra alma en pecado, sentiríamos el odio más encarnizado aún a las faltas veniales.

El Evangelio dice que cuando el Rey llegó al banquete y vio que un comensal, en vez de haberse puesto el hermoso manto que entregaban a la entrada, se había quedado con su ruana o manta llena de manchas y de mugre, sintió gran disgusto ante ese repugnante modo de presentarse y lo mandó a echar a las tinieblas exteriores.

Cuántos pecadores se presentan cada día ante Dios con la más asquerosa y manchada “ruana” de pecados.

Santa Catalina y el Cura de Ars, lograron ver su espíritu después de alguna falta venial. Ambos quedaron para siempre sin deseos de volver a contemplar semejante asquerosidad.

Santo Domingo Savio presentó en una visión a San Juan Bosco algunas almas en pecado, y el santo educador sintió tal asco y repugnancia que casi se enferma.

¿Cómo estará nuestra alma hoy? ¿Agradable a los ojos de Dios? ¿O más repugnante que el más infectado leproso? Es tiempo de pedir al Señor con un buen acto de contrición que vaya curando tanta inmundicia.

“¡Señor, si Tú quieres, puedes curarnos!”

5.- El pecado amarga la vida.

El pez va feliz por entre el agua. Ve una atrayente carnada y se lanza a devorarla. Pero allí está escondido un anzuelo que le destroza la garganta y le acarrea la muerte. Ese es el pecado, atractivo y asesino. Por unos minutos de placer acarrea horas, días y hasta eternidad de amarguras.

Los hospitales, las cárceles y el mundo entero están repletos de personas que sufren en su vida la espantosa amargura que proporciona el pecado.

Y los castigos de la eternidad serán la amargura más indeseable, fruto del pecado en mala hora aceptado y cometido. Por eso, como los santos, nosotros deberíamos repetir siempre “prefiero morir que pecar”

Publicado originalmente en Píldoras de fe

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