¡Me siento tan sola!  ¿Cuántas veces me he aferrado a este pensamiento? ¿Cuántas veces me he auto-compadecido por no tener a alguien a mi lado?

La “soledad” en que me encuentro ha sido utilizada como justificación para mis ratos de amargura e incluso también por el enemigo como un pretexto para colocarme en situación de pecado.

No, no es fácil vivir sola, decidir sola, enfrentar todo sola. El deseo de compañía está plantado en lo más profundo del corazón.

Pero todo ese sentir puede ser erradicado con simplemente abrir los ojos y cambiar el foco para que la verdad salga a relucir.

No quiero estar sola… pero no lo estoy. ¡Nunca lo he estado!
Anhelo ser amada y… lo soy. ¡He sido amada hasta el extremo! 

Cada noche, al terminar con mi última tarea del día, cuando siento deseos de platicar con alguien, ahí estás tú, mirándome de frente y dispuesto a escuchar desde el icono colgado en mi pared. (Esto dice Yahvé: en el momento preciso te escuché.. Is 49,8)

Cuando estoy triste y busco consuelo, cierro mis ojos y me imagino abrazada a tu costado o sostenida por la palma de tu mano. (…Este es mi consuelo en mi miseria: que me da vida tu promesa… Que tu amor sea mi consuelo como prometiste a tu siervo. Sal 119,50, 76)

Cuando el desánimo y el miedo inundan mi corazón, te veo siguiendo el camino de la cruz y diciéndome: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados por la carga y yo os aliviaré” (Mt 11,28)

Cuando mi corazón añora simplemente cariño, te oigo decir “¡Permanece en mi amor!” (Jn 15,9)

Todo esto es don. Es obra tuya, a través del Espíritu Santo, que en otro acto de amor supremo, quisiste dejar en mí y de tu palabra “viva y eficaz” que está siempre a mi disposición.
De tal suerte, que no importa lo que sienta, siempre regreso al punto de partida, a la única verdad: ¿Sola? NUNCA.

Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta. 

Publicado originalmente en La oración

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