Para adueñarnos de las promesas y bendiciones de Dios primero tenemos que: escuchar, creer, entender bien, a fin de poder vivir lo que estamos creyendo.

Podemos oír, pero no entender, porque nuestros corazones están endurecidos. “Fíjense en lo que dice la Escritura: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor; no endurezcan su corazón, como ocurrió en el día amargo. ¿Quiénes son esos que, después de haber oído, amargaron a Dios? Todos los que salieron de Egipto gracias a Moisés. ¿Quiénes son los que cansaron a Dios durante cuarenta años? Los que habían pecado, por lo que perecieron y sus cadáveres quedaron en el desierto. ¿A quiénes juró Dios que no entrarían en su lugar de descanso? A aquellos rebeldes, por supuesto, y vemos que se les prohibió la entrada a causa de su falta de fe”. Hebreos 3 15-19

Un corazón endurecido ve lo malo, pero no las bendiciones que ha tenido. No puede reconocer los regalos que ha recibido. Un corazón endurecido escucha cosas que Dios no ha dicho, es decir, distorsiona todo. El enemigo se mete en todo terreno de amargura y provoca un caos mental o familiar. También distorsiona la Palabra de Dios.

Un corazón endurecido que no conoce a Dios, entiende las cosas de manera diferente a como han sido declaradas. El enemigo nos hace creer cosas como: que nuestra enfermedad no se va a ir, que Dios es malo, que Dios no nos oye, que Dios nos manda enfermedad como un castigo, que Dios no nos ama, que Dios es machista, y luego creemos en un dios que no es el verdadero Dios.

Cuando dudamos o le creemos al enemigo desde un corazón resentido, no podemos oír claramente lo que Dios quiere decirnos. Por eso, es importante conocer lo que la Palabra de Dios dice, entenderlo bien desde nuestro espíritu, creerlo como mensaje absoluto, para luego ir y practicar lo que hemos aprendido.

Cuando permitimos que los ruidos externos dañen nuestros oídos, no podemos escuchar la voz de Dios. El ruido agota, irrita, y si uno se acostumbra, bloquea la capacidad de oír. Para poder escuchar, debemos eliminar los ruidos externos e internos, como los rumores, los miedos, las amenazas, las ofensas, los resentimientos, la depresión, la duda, etcétera.

Entender es la capacidad de pensar, reflexionar, prestar atención. Oír no es necesariamente entender. Oír es involuntario (percibir sonidos); escuchar es una acción voluntaria (decidir poner atención). En la parábola de la semilla que cayó en tierra fértil, Jesús explicó que la semilla cayó en buena tierra y dio mucho fruto. Esto es, aquellos que escuchan atentamente, entienden y practican la Palabra de Dios, llevan mucho fruto.

Asimismo, en el evangelio de Lucas se describe que en el camino a Emaús Jesús les abrió los ojos a sus discípulos para que entendieran las Escrituras, pues ellos estaban confundidos y tristes por todas las cosas que habían sucedido, incluyendo la crucifixión de su Maestro. Cuando entendieron el significado de las profecías, entonces lo reconocieron. Jesús ya había desaparecido en ese momento, pero ellos comprendieron que Él era el Mesías enviado y que había resucitado. Habían estado hablando con Él en el camino, sin saberlo, mientras sus corazones ardían en fuego.

La clase de vida que tenemos responde a lo que oímos, lo que entendemos y lo que creemos. Si creemos mentiras terrenales, humanas o diabólicas, andaremos sin dirección, pero si creemos el verdadero significado y mensaje que lo que Dios nos habla, entonces podremos encontrar el verdadero camino.

Fuente: Catholic net

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